
Por Juan Manuel de Prada
Dejábamos sentado en nuestro anterior artículo sobre Zapatero que el «progresismo» es la ideología que el capitalismo necesitaba para consumar la mutación antropológica necesaria para imponer su hegemonía; pues el capitalismo –como señalaba el neoliberal Lippmann– exige un «reajuste necesario en el género de vida» de las masas y un cambio de «las costumbres, las leyes, las instituciones y las políticas», hasta llegar incluso a transformar «la noción que tiene el hombre de su destino en la Tierra y sus ideas acerca de su alma». Y para lograr plenamente ese reajuste el capitalismo se ha servido fundamentalmente de las fuerzas «progresistas», que con una banal y falsorra retórica «de izquierdas» han logrado convertir las sociedades –como quería Milton Friedman– en «una colección de Robinsones Crusoes», donde la «comunidad orgánica dada» deviene una «asociación construida sobre las opciones del individuo». En este sentido, es indudable que Zapatero, consagrando los más variopintos derechos de bragueta, fue un eminente «progresista» que contribuyó a convertir la sexualidad humana en un producto de consumo más, favoreciendo el robinsonismo social.
Tal labor disolvente al servicio del capitalismo se ilustra con el éxito cosechado en Cannes por una película sobre Lorca que no podemos enjuiciar, pues no la hemos visto. Podemos, en cambio, enjuiciar una frase pedorra de sus directores, según la cual Lorca habría sido asesinado «porque era gay». La afirmación resulta tan grotesca como si yo mañana dijese que a Lorca lo asesinaron porque era católico (aunque, en honor a la verdad, las creencias religiosas de Lorca resultan mucho más explícitas en su obra que sus inclinaciones sexuales). Pero entre los intelectuales del bando franquista había homosexuales tan notorios como Luis Escobar, creador del Teatro de la Falange durante la Guerra Civil, o Mariano Rodríguez de Rivas, fundador del Museo Romántico de Madrid. Por lo demás, la «homofobia» que pudiese existir en el bando franquista era aproximadamente la misma que existía en el bando republicano (en cuyas revistas satíricas Franco era siempre caricaturizado como feminoide, sarasa o maricón desorejado). A Lorca lo mataron porque la chusma cainita odia la belleza y envidia el genio; lo mataron por rencores atávicos familiares y vecinales; y lo mataron, en fin, porque se declaraba poeta del pueblo y se había adherido a la causa republicana. Que luego uno de los asesinos de Lorca fuera diciendo por los tugurios que le había pegado dos tiros en el culo por maricón no es más que una repulsiva bravuconada; y decir ahora que lo mataron «porque era gay» no es más que una grotesca coartada «progresista», que necesita convertir a Lorca en un producto de consumo más. ¡A Lorca, que sabía que «debajo de las sumas» de Wall Street hay «un río de sangre tierna»!

