
Por Juan Manuel de Prada
A nadie que siga con cierta atención la actividad papal le habrá pasado inadvertido que en alguna de sus más recientes intervenciones León XIV ha matizado o adaptado los mensajes sobre inmigración lanzados durante su visita pastoral a España, respondiendo de forma específica –a veces expresa, a veces tácita– a la invasión bárbara padecida en Ceuta. Por supuesto, tales matizaciones no implican ninguna renuncia o claudicación en los principios morales de la doctrina social católica, sino en sus aplicaciones prudenciales; pero son matizaciones sumamente reveladoras.
Todos recordamos el desgarrador discurso de León XIV en el muelle de Arguineguín, donde proclamó que «Europa no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas». Y ha sido justamente en el paraje donde Mediterráneo y Atlántico juntan sus aguas donde el mar volvió a convertirse, durante la invasión bárbara padecida en Ceuta, en un «cementerio sin lápidas». Pero en el ángelus del 2 de agosto, León XIV no puso el énfasis en esa nueva hecatombe, sino que clamó para que «se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad y de justicia». Eran, evidentemente, palabras calculadas al milímetro, calibradas y sopesadas por la diplomacia vaticana, que no pusieron el énfasis en el deber de ‘acogida’, ni denunciaron ningún atentado contra la ‘dignidad humana’, sino que introdujeron un concepto nuevo, ‘estabilidad’, que acompañando al de ‘justicia’, implicaba un reconocimiento implícito de que las avalanchas inmigratorias desestabilizan a las sociedades receptoras; y también la legítima necesidad de un orden legal justo que las controle, combata y disuada.
Si no me equivoco, era la primera vez que un Papa aplicaba de manera explícita el concepto de ‘estabilidad’ para referirse directamente a la situación de un territorio sacudido por una avalancha migratoria. León XIV estaba reconociendo que Ceuta era víctima de una agresión descontrolada que lesionaba muy seriamente su pacífica existencia (algo que los hechos posteriores no han hecho sino confirmar); y que tal agresión requería soluciones justas que le devolviesen la estabilidad. Huelga decir que tales soluciones sólo las pueden brindar las leyes y la acción política. En junio el Papa había pedido a los españoles «abrir el corazón y las leyes»; tras la invasión bárbara de Ceuta demandaba una solución que garantizase la estabilidad y la justicia. Desde luego, hay un cambio retórico evidente; pero también sustantivo.
No es la única matización que León XIV ha introducido en su discurso. En su visita pastoral de junio, el Papa centraba sus críticas en el fariseísmo de las sociedades europeas que, a la vez que proclaman la dignidad humana, permiten que sus mares sean tumbas de una pavorosa mortandad. En agosto, ante la magnitud de la invasión bárbara padecida en Ceuta, León XIV se refirió a una «alarmante situación» e hizo una llamamiento a encontrar «soluciones diplomáticas a los conflictos», un recurso al que invariablemente apela el Vaticano cuando está hablando de guerras. Es decir, el Papa otorgaba al problema de las avalanchas migratorias un estatus de conflicto que merece una solución propia de las tensiones y enfrentamientos entre Estados; el Papa asumía que detrás del problema inmigratorio subyace un subterráneo juego sucio geopolítico.
Y es que, sin duda, la invasión bárbara padecida por Ceuta no fue un mero flujo migratorio convencional, ocasionado por guerras, hambrunas o catástrofes naturales, sino una operación geopolítica seguramente urdida y desde luego instrumentalizada por parte de Marruecos, que utiliza este tipo de avalanchas como medida de chantaje, para forzar concesiones cada vez más gravosas y humillantes. Si España desea combatir tales invasiones bárbaras tendrá que revisar sus relaciones bilaterales con Marruecos, con firmeza institucional y aquilatando acuerdos estratégicos previos, para que de veras tales relaciones estén regidas por la lealtad recíproca; y para que no incluyan cesiones indignas como el abandono del pueblo saharaui ni permitan que los ataques a nuestra integridad territorial queden sin respuesta, pues no hay pitanza más promisoria para el chantajista que la debilidad de su víctima.
Pero, volviendo al asunto que nos ocupaba, las matizaciones papales realizadas en apenas dos meses prueban que el problema de las avalanchas migratorias exige juicios prudenciales muy delicados, en los que un discurso papal no debe poner demasiado énfasis, a riego de quedar pronto caduco y rebasado por los acontecimientos. La doctrina social católica contiene principios inmutables e innegociables que deben ser siempre recordados por el Papa, por cualquier Papa, para que la conciencia humana no se oscurezca; y para que los católicos sepan siempre cuáles son los deberes morales a que su fe los obliga. Pero adentrarse en la maraña de los juicios prudenciales (que requieren reformas legales, soluciones políticas, análisis técnicos, ectétera) obliga a constantes rectificaciones de la figura que pueden llegar a confundirse con el postureo; y que pueden dejar a un Papa en una situación poco airosa, incómoda o incluso con el antifonario al aire.
Durante su visita pastoral a España, León XIV afirmó que «el deber de un Estado de proteger sus fronteras debe equilibrarse con la obligación moral de proporcionar refugio», rechazando que se trate a las personas como «desechos». En la invasión bárbara padecida por Ceuta hemos visto como la desprotección de las fronteras favorecida por gobernantes traidores conduce inevitablemente a que las personas sean a la postre tratadas como «desechos»; no sólo las invasoras, también las invadidas. En realidad, la piedra angular de una política migratoria que garantice la paz, la estabilidad y la justicia no es otra sino la protección efectiva de las fronteras; sólo así se podrá garantizar un trato digno, hospitalario y caritativo a las personas que recibamos. Sólo así se evitará que los mares se conviertan en «cementerios sin lápidas», sólo así se impedirá que nuestras ciudades se conviertan en sentinas, sólo así se podrá brindar un refugio verdaderamente acogedor al peregrino que llega a nuestras tierras con un propósito cierto de contribuir al esfuerzo común. Sin fronteras protegidas no hay posibilidad de caridad cristiana; sin fronteras protegidas, sólo funciona la caridad loca que postulan los traidores que nos gobiernan: una caridad con sarna, violaciones y gatos en la dieta; una caridad loca que acaba degenerando en racismo, odio e impiedad.

