Un odio preternatural – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

En alguna ocasión anterior hemos rescatado aquellos célebres versos de Joaquín Bartrina, que expresan de forma muy sintética y abrumadoramente lúcida el influjo que la Leyenda Negra ha ejercido sobre el imaginario español: «Oyendo hablar a un hombre, fácil es / acertar dónde vio la luz del sol: / si habla bien de Inglaterra, será inglés; / si os habla mal de Prusia, es un francés; / y si habla mal de España… es español». En efecto, la asimilación y propaganda de la Leyenda Negra ha sido con frecuencia tarea asumida por españoles, desde que Antonio Pérez, secretario de Felipe II, amenizase las cortes de Francia e Inglaterra con sus Relaciones y sus biliosas cartas. Aunque, al menos, a este Pérez lo movía el odio hacia el hombre que, después de haberlo encumbrado, lo persiguió implacablemente. Pero los propagandistas de la Leyenda Negra que vendrían después estaban animados, en la mayoría de los casos, por un odio menos personal o ‘biográfico’; un odio que ni siquiera es consecuencia del complejo de inferioridad que a tantos esnobs y botarates empuja a elogiar lo extranjero y denigrar lo propio, sino que más bien es un odio con raíces metafísicas o preternaturales que a veces adquiere rasgos frenéticos (el anticlericalismo con espumarajos) y otras se expresa de formas más suavonas y sibilinas, pero igualmente pérfidas.

En estos días, preparando un curso sobre el Barroco, he leído una obra sobre el asunto, considerada imprescindible en círculos académicos, titulada La cultura del Barroco. Su autor, José Antonio Maravall, fue uno de esos orteguianos que combatieron en el bando franquista durante la Guerra Civil y después se sumaron con entusiasmo y ardor a la construcción del Nuevo Estado, bajo los auspicios de Serrano Súñer. Encuadrado de inmediato en el Instituto de Estudios Políticos, Maravall destacaría por sus entusiásticas aportaciones a la ‘teoría del caudillaje’, de inequívoca impronta alemana (por no decir nazi). Tan fervientes aportaciones le granjearían diversas bicocas durante el franquismo, hasta bien entrados los años sesenta; pero el bueno de Maravall, a medida que el franquismo se iba poniendo pachucho, ‘evolucionó’ –como tantos otros intelectuales oportunistas de la época– hacia posiciones democráticas. Prolongando su legado, un hijo suyo llegaría a ser ministro con Felipón, encargándose de la conversión de sucesivas remesas de españoles en analfabetos funcionales.

Precisamente en el año de la muerte de Franco publicaría Maravall La cultura del Barroco, lleno de ese odio metafísico o preternatural a España –en versión suavona o sibilina– al que más arriba hacíamos referencia. La obra está llena, por supuesto, de los topicazos que se han impuesto en los fétidos ambientes intelectuales españoles; y el Barroco queda retratado como una época reaccionaria, con una «sociedad feudal de predominio nobiliario» coronada por una «monarquía absoluta» que impone «su régimen opresivo de la libertad popular», en contraste con «la etapa renacentista, democrática y comunal». Estos maniqueísmos tan groseros producen en verdad fatiga, a la vez que cierta irrisión (¡menuda «monarquía absoluta» tan rara, que permitía el «predominio nobiliario» y una «sociedad feudal»!). Pero el odio preternatural ciega al autor hasta acabar desbarrando de las formas más delirantes y obscenas. Así, por ejemplo, sostiene que la nota predominante de la época barroca es «el universal enfrentamiento de todos, de unos contra otros, […] entre todos los hombres, inspirando su pesimismo». Y, en un rapto locoide, Maravall añade que, «en el mundo barroco, los individuos aparecen como mónadas»; y que su existencia se resume en «soledad y yuxtaposición, insolidaridad egoísta y aproximación táctica». Aquí ya se percibe que el odio preternatural, aparte de despreciar la inteligencia del lector, recurre a la contorsión esquizoide o lisérgica; pues si hay una época arrimona, festiva y comunitaria es la época barroca, donde triunfan la novela picaresca y los corrales de comedias, donde las romerías –impulsadas por el Concilio de Trento– suman de forma definitiva su carácter lúdico al religioso, incorporando los carros engalanados, los bailes tradicionales, las comidas campestres (jiras, en román paladino), etcétera; donde, en fin, las grandes festividades se celebran con justas poéticas, juegos de cañas, corridas de toros y otras muchas manifestaciones colectivas de una jovialidad inusitada.

Leyendo este magnífico bodrio de Maravall he entendido maravillosamente el odio preternatural (en versión por lo común suavona) que infesta a las élites intelectuales españolas, desde hace mucho tiempo; y que sigue infestándolas, como una gangrena hereditaria.

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