La bandera que cambió de guerra – Por Ivone Alves García

Bajo una misma palabra conviven la lucha por educación, la crítica al lugar de la mujer en el hogar, la lectura de la familia como estructura de poder y la impugnación de las categorías mismas de sexo y género. Compartir un nombre no es compartir una causa, y el feminismo de hoy poco tiene que ver con el que dice heredar.

Por Ivone Alves García

Basta abrir cualquier historia del feminismo para encontrarlas juntas, en el mismo índice y a pocas páginas de distancia. Mary Wollstonecraft, que en 1792 reclamaba que las mujeres fueran educadas como seres racionales. Judith Butler, que en 1990 puso en duda que la categoría «mujer» tuviera una base natural estable.

Entre una y otra median casi doscientos años, y una diferencia más profunda que el tiempo. La primera pedía que la mujer fuera reconocida en lo que era. La segunda se preguntó si eso que llamamos mujer existía antes de que la cultura lo nombrara. Las dos figuran, sin embargo, bajo el mismo nombre. Y esa convivencia no es inocente, ya que permite que un movimiento que hoy discute qué es una mujer se presente como heredero de quienes simplemente pedían que las mujeres pudieran estudiar.

Antes de entrar en esa genealogía, conviene revisar un supuesto que el feminismo contemporáneo da por sentado: que la historia de la humanidad fue, ante todo, la historia de la opresión de la mujer por el hombre. En todas las épocas y en todos los continentes hubo mujeres que gobernaron, combatieron y pensaron: Hatshepsut en Egipto, Wu Zetian en China, Njinga Mbandi en Angola, Juana de Arco en Francia, Isabel la Católica, Catalina la Grande, Teresa de Ávila, Sor Juana Inés de la Cruz. En 1405, casi cuatro siglos antes de Wollstonecraft, Cristina de Pizán, viuda y madre que mantenía a su familia con su pluma, escribió La ciudad de las damas para defender la inteligencia y la virtud de las mujeres. En el siglo XX, cerca de ochocientas mil mujeres combatieron en el Ejército Rojo contra el nazismo, aunque Hollywood se haya quedado con los laureles. Y en nuestra historia, Juana Azurduy peleó junto a su marido en el Alto Perú, María Remedios del Valle se ganó el título de Madre de la Patria y las Patricias Mendocinas entregaron sus joyas para equipar al Ejército de los Andes.

Ninguna de esas mujeres libraba una guerra contra los hombres de su pueblo. Peleaban a su lado, por una familia, una patria o una fe. Presentarlas hoy como precursoras del feminismo es un anacronismo: es atribuirles una causa que ninguna de ellas reivindicó. Esa es la primera ruptura del feminismo actual con la historia que invoca. Donde había una empresa común, hoy ve un conflicto entre sexos.

Tampoco Wollstonecraft escribió para armar una guerra de sexos. Su vindicación de los derechos de la mujer le discutía de frente a Rousseau, que en el Emilio había propuesto educar a las niñas para agradar y servir al hombre. Ella le respondió que las mujeres eran seres racionales y que su formación debía estar a la altura de esa razón. Sus argumentos sorprenderían a más de una militante actual: una mujer instruida, sostenía, sería mejor esposa, mejor madre y mejor ciudadana. Fue dura con el matrimonio de su época, pero no pretendía abolirlo. Su proyecto daba por sentado que hombres y mujeres existían como tales.

Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, los reclamos siguieron ese cauce: educación, capacidad jurídica, administración de los propios bienes, sufragio. Con el tiempo, esas demandas se incorporaron a la ley en buena parte del mundo. La Argentina recorrió ese camino: en 1926, la ley 11.357 amplió los derechos civiles de la mujer; en 1947, un Congreso en el que todavía no había ninguna mujer sancionó el voto femenino; en 1968, la ley 17.711 dio plena capacidad a la mujer casada. Fueron reformas reales frente a desigualdades reales, y hombres y mujeres las impulsaron juntos. Nadie hablaba entonces de una «primera ola». La expresión se acuñó recién en 1968, cuando ya estaba en marcha la segunda: quienes llegaban con un programa nuevo necesitaban un linaje respetable.

En 1963, Betty Friedan publicó La mística de la feminidad, el libro que convirtió al hogar de destino en problema. Friedan se presentaba como una ama de casa que hablaba desde adentro, pero llegó a esas páginas con una década de periodismo sindical y militancia de izquierda a cuestas. El malestar que describió era real dentro de su propia experiencia, la de mujeres universitarias de los suburbios de posguerra, pero lo generalizó como si fuera la condición de toda mujer moderna. En su libro no aparecían las mujeres que encontraban en el hogar y en la crianza un sentido pleno para su vida. Friedan llegó a comparar el hogar con un «confortable campo de concentración». En 1981 admitió que el movimiento había descuidado a la familia, pero para entonces el desplazamiento ya estaba hecho.

En 1970 el salto fue mucho mayor: la discusión pasó de la casa a la biología. Shulamith Firestone llevó en La dialéctica del sexo la lógica marxista de la lucha de clases al terreno de los sexos: el embarazo, la crianza y la familia biológica eran parte de la estructura de la opresión, y el control tecnológico de la reproducción, el camino para superarla. Ese mismo año, Kate Millett publicó Política sexual, donde la sexualidad, la familia y la vida cotidiana quedaban convertidas en relaciones de poder. Con ellas, el feminismo ya no pedía un lugar para la mujer dentro de la sociedad: quería cambiar la familia, el matrimonio y la relación misma entre hombres y mujeres. Y el varón dejó de ser visto como un compañero de vida para pasar a ser el responsable de un sistema que había que derribar.

Veinte años después, El género en disputa llevó la ruptura hasta el final. Butler sostuvo que el género se produce mediante actos y normas sociales, y discutió que el sexo y el cuerpo fueran datos naturales previos a la cultura. La categoría «mujeres», que durante dos siglos había sido el sujeto del movimiento, dejó de ser una evidencia. Hoy el feminismo está dividido sobre la pregunta más elemental que puede hacerse: qué es una mujer. El sujeto que nació para defender se volvió objeto de disputa dentro de sí mismo.

El desplazamiento alcanzó también a la forma en que muchas mujeres empezaron a mirarse a sí mismas. En 1968, durante el concurso de Miss America, un grupo de militantes arrojó a un «tacho de la libertad» corpiños, tacos, fajas y maquillaje, como si fueran instrumentos de opresión. Lo que durante siglos había sido una expresión de la feminidad, la gracia, la elegancia, el cuidado de uno mismo, empezó a verse con sospecha. En su lugar se levantó otra imagen: el pelo rapado o teñido de colores estridentes, el cuerpo cubierto de tatuajes, el torso desnudo en las marchas, el grito desaforado, el lenguaje soez. El abandono del propio cuerpo pasó a celebrarse como rebeldía, y la obesidad dejó de ser un problema de salud para convertirse en bandera. Lo ordinario se presentó como auténtico y lo vulgar como valiente. Y a la mujer que se arregla, que cuida su feminidad y que encuentra sentido en la maternidad se la volvió sospechosa de sumisión.

Junto con la belleza se fue la mansedumbre. Valerie Solanas llegó a proponer en su Manifiesto SCUM la destrucción del sexo masculino, y al año siguiente le disparó a Andy Warhol. El tono de hostilidad no desapareció. En la Argentina lo vimos en 2015, cuando en el Encuentro Nacional de Mujeres de Mar del Plata un grupo de manifestantes atacó la catedral y pintó con aerosol a los jóvenes que rezaban en cadena para protegerla. Al romper con la belleza y con la fe, este feminismo dejó a muchas mujeres vacías espiritual y moralmente, con la rabia como única identidad. Prometió liberarlas y las dejó más solas.

Este recorrido explica buena parte de la confusión actual. Cuando alguien dice «feminismo», puede estar hablando del derecho de una mujer a estudiar, votar o ejercer una profesión, algo que casi nadie discute. Pero también puede referirse a corrientes que ven en la maternidad una servidumbre, en la familia una institución de dominación y en la diferencia entre hombre y mujer un invento que hay que desmontar. Y sin embargo comparten el mismo nombre, lo que permite que la segunda se apropie del prestigio de la primera. Así, quien cuestiona las políticas de género es acusado de rechazar «los derechos de las mujeres». Se toma una conquista cuya justicia nadie niega y se la usa como escudo para una agenda que nada tiene que ver con ella.

Una mujer puede defender con firmeza su igualdad ante la ley, su educación y su independencia económica sin ver en la diferencia entre los sexos una opresión a corregir. Puede vivir la maternidad como plenitud y no como servidumbre, y ver en el varón a un compañero antes que a un adversario. Para el pensamiento cristiano, hombre y mujer tienen la misma dignidad y no son idénticos. «Varón y mujer los creó», dice el Génesis, y esa diferencia no pone a uno por encima del otro: se vuelve encuentro y reciprocidad, y en el matrimonio da origen a la familia, que es anterior al Estado y a cualquier teoría política. Juan Pablo II habló del «genio femenino» para nombrar su capacidad de acoger, cuidar y humanizar el mundo. No hay en esa visión nada de sumisión. Hay una forma de fuerza que el feminismo radical dejó en el camino.

Mientras esas teorías se quedaron en los libros, eran un debate entre académicos. El problema empezó cuando el Estado las adoptó. Nacidas en buena medida en las universidades de Estados Unidos y de Europa occidental, se difundieron a través de organismos internacionales, fundaciones, ONG y programas de cooperación hasta convertirse en un lenguaje que se presenta como universal. ¿Por qué una interpretación anglosajona del sexo, del individuo y de la familia debería ser la vara con la que se mide el progreso de todas las civilizaciones?

En la Argentina, las desigualdades jurídicas que motivaron las primeras luchas quedaron eliminadas hace décadas. Sin embargo, el feminismo no se dio por satisfecho, y la discusión se desplazó hacia preguntas que tocan la raíz misma de lo humano: qué es una mujer, qué significa su cuerpo, si la maternidad y la familia merecen protección o deben ser superadas. Hoy las responde el Estado. En 2012, la ley de identidad de género permitió cambiar el sexo registrado con una simple declaración, y el Senado la aprobó sin un solo voto en contra. La Educación Sexual Integral incorporó la perspectiva de género, y muchos padres denuncian que se enseña como un dato científico y sin consultarlos. Todo eso se decidió en un debate que quedó en manos de especialistas y militancias, muy lejos de lo que piensa la familia común. Y quien se atreve a decirlo es tratado como enemigo de los derechos de la mujer, cuando lo único que defiende es que ser mujer es una realidad y no una construcción que el Estado puede redefinir a su antojo.

Wollstonecraft, Friedan, Firestone, Millett y Butler figuran en la misma historia, pero no defendían la misma idea. Entre la primera y la última, el movimiento pasó de reclamar un lugar para la mujer junto al hombre a cuestionar que hombre y mujer existan como tales.

El nombre permaneció, eso está claro, pero la guerra que se libraba debajo de esa bandera cambió por completo.

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