¿Antisemita? – Por Juan Manuel de Prada

¿Eres antisemita?
Por Juan Manuel de Prada

Hace dos meses y pico, coincidiendo con el comienzo de las represalias israelíes al ataque asesino de Hamás, se me ocurrió escribir un artículo sobre el asunto, titulado ‘Palestina’. Tal vez fuese el artículo más neutro e impersonal que jamás haya publicado en mis casi treinta años de colaboración ininterrumpida en ABC, por ceñirme a la exposición de hechos históricos y al testimonio de primera mano de cristianos palestinos que merecen toda mi confianza; luego también señalaría que los bombardeos decretados por Netanyahu sobre Gaza me parecían desproporcionados. Sorprendentemente, aquel artículo causó un revuelo horrísono; y en medio del mismo afloraron enseguida los improperios desgañitados y corales, entre los que enseguida destacó la madre de todos los sambenitos, el estigma más abyecto de cuantos hoy se puedan lanzar livianamente contra una persona, para arruinar su prestigio: «Antisemita».

Confieso que esta imputación me resultó, amén de desquiciada, grotesca. Tan grotesca como si mañana me tildasen de «racista» por criticar los excesos de un gobernante de raza negra. Pero, como la imputación adquiría densidad de mugre y diversos loritos y carcamales sistémicos la proferían contra mí desde sus púlpitos o pocilgas, me interesé por aquilatar su significado. «Antisemita», según reza el diccionario, es aquella persona que «muestra hostilidad o prejuicios hacia los judíos, su cultura o su influencia»; una definición acaso un tanto abusiva, pues aparte de los judíos existen otros pueblos semitas (empezando por el propio pueblo palestino). Pero, aceptando una sinécdoque tan acaparadora… ¿De veras pueden calificarse de «hostiles o prejuiciosos hacia los judíos» a quienes consideran desorbitadas las decisiones políticas o militares de tal o cual gobernante israelí, o las infracciones del derecho internacional perpetradas por el Estado de Israel?

En realidad, la definición más certera de antisemitismo nos la brindaría en 2020 la llamada Declaración de Jerusalén, que designa así a la «discriminación, prejuicio, hostilidad o violencia ejercida contra los judíos en cuanto judíos»; es decir, por el mero hecho de serlo, por aversión prejuiciosa o visceral. Naturalmente, nada tiene que ver con ello la crítica legítima a decisiones de gobernantes israelíes o actuaciones del Estado de Israel, tampoco una actitud contraria frente al sionismo; actitud que, por cierto, sostienen incontables judíos en todo el mundo. Calificar de «antisemitas» a quienes se atreven a formular tales críticas legítimas constituye una paradójica banalización del mal; pues se está empleando el mismo epíteto que asignamos a quienes cometieron uno de los crímenes más aberrantes y multitudinarios de la Historia, consumado durante la Segunda Guerra Mundial.

Y, a la vez que una banalización del mal, con este calificativo indiscriminado de «antisemita» se pretende de forma delirante e inasumible intelectualmente que aquel crimen aberrante y multitudinario actúe a modo de «tenaza moral» sobre las conciencias, de tal modo que nadie ose formular una crítica legítima contra el Estado de Israel o sobre sus gobernantes, so pena de ser considerado simpatizante de aquella matanza, que legitimaría a los judíos –investidos de un derecho exclusivo de victimización– a actuar siempre como si la aniquilación fuera inminente. Contra esta forma de pensamiento mágico se alzó también Hannah Arendt, discrepando del alegato de la fiscalía contra Eichmann, donde se pretendía que los judíos eran una suerte de «víctima metafísica» que en cada generación debía exterminar a Amalek. Pero ya señalábamos más arriba que hoy Hannah Arendt sería señalada como una tremenda antisemita; para no serlo, debería aplaudir entusiásticamente que miles de niños palestinos mueran aplastados entre los escombros.

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