
Por Ivone Alves García
Hay terremotos que no se sienten en el momento en que ocurren. La placa se mueve centímetros bajo la corteza, la energía se acumula durante años, y la gente, arriba, sigue discutiendo sobre el ruido de la calle. Cuando finalmente el temblor llega a la superficie, suele sorprender a quienes no habían mirado hacia abajo. Algo parecido atraviesa este año al mundo: bajo el bullicio mediático se está reescribiendo el orden internacional que rigió las últimas ocho décadas, y casi nadie lo está discutiendo en esos términos.
Pero decir que el mundo se reordena es describir el efecto, no la causa. Los ejércitos que crecen, los tratados que se vacían, los bloques que se recomponen: todo eso es geopolítica, y la geopolítica es síntoma, no origen. Lo que está en crisis, debajo de todo eso, es algo más antiguo y más molesto de nombrar en un editorial: una civilización que perdió el principio que la ordenaba y todavía no encontró qué poner en su lugar. Lo que de verdad importa no es solamente quién va a mandar en el próximo reparto del poder mundial, sino qué adora una sociedad cuando deja de adorar a Dios.
Ucrania sigue en guerra. Medio Oriente arde con una intermitencia que ya no sorprende a nadie, lo cual es en sí mismo preocupante. Los presupuestos militares crecen en Europa, en Asia, en el Golfo, a un ritmo que no se veía desde la Guerra Fría. Los tratados que durante medio siglo pusieron un techo al armamento nuclear se han ido vaciando uno por uno, y ya casi no quedan mecanismos de verificación mutua entre las grandes potencias. Y por debajo de todo esto avanza el fin de un mundo unipolar: Rusia, China e Irán —cada uno con su propia historia, sus propias heridas y sus propios intereses, que no siempre coinciden entre sí— comparten al menos un diagnóstico: el orden que Occidente presentó como universal después de 1991 nunca fue universal, era el orden de un solo centro de poder, y ese centro ya no puede sostener en solitario las reglas del juego.
Vale la pena detenerse en cómo se lee el tiempo desde ese otro lugar, ya que es un ejercicio sumamente enriquecedor. Occidente suele pensar la historia como una línea que avanza: progreso, superación, un mañana necesariamente mejor que el ayer. Una parte importante del pensamiento histórico y religioso ruso tiende a pensarla de otro modo: decadencia, purificación, renacimiento. No es una excusa imperial, como se lo suele simplificar en Occidente: es una antropología distinta, que entiende la crisis de este tiempo no solamente como política, sino como espiritual. Se puede compartir ese diagnóstico o discutirlo. Lo que resulta más difícil es no advertir que, mientras se discute, el mundo ya se está reordenando con o sin nuestro consentimiento.
Frente a esa transformación de fondo, la conversación pública global —la que ocupa los titulares, los feeds, las charlas de café— tiene otro ritmo, otro volumen y, sobre todo, otro objeto. No gira en torno a los grandes desplazamientos de poder entre Estados. Gira, cada vez con más frecuencia, en torno a enfrentamientos horizontales: entre vecinos, entre identidades, entre pueblos que comparten territorio pero ya no comparten una historia, una tradición ni un interés común.
Toda sociedad organiza su vida alrededor de aquello que considera absoluto. Durante siglos, en Occidente, ese lugar lo ocupó Dios. Hoy lo ocupan, según el día y según quién mire, el consumo, la identidad, la ideología, la nación, el dinero, el entretenimiento, el propio ego elevado a la categoría de verdad última. El algoritmo no es el protagonista de esta historia, aunque lo parezca: es apenas su sacristán. No decide qué adorar; se limita a administrar esos cultos, a mantener las velas encendidas, a decidir a cuál de todos le toca el sacrificio de hoy.
En España, este último año, bastó una agresión sin esclarecer en un pueblo de la Región de Murcia para que grupos de extrema derecha convocaran, a través de redes sociales, viajes organizados desde distintos puntos del país con un objetivo explícito: salir a «cazar» inmigrantes, en su mayoría de origen marroquí. Durante varias noches, hombres armados con palos recorrieron las calles de Torre Pacheco buscando a jóvenes descendientes de esa comunidad, mientras circulaban comunicados falsos y videos manipulados que alimentaban la furia con más velocidad de la que cualquier autoridad podía desmentir. No hace falta imaginar una orquestación centralizada para entender lo que pasó: alcanza con ver cómo un episodio local, amplificado por el odio y por el algoritmo, un estallido de violencia intercomunitaria, mientras el resto de Europa discutía sobre pactos migratorios que ya estaban decididos de antemano en otros despachos. Ahí el culto tiene nombre: es el culto de la sangre y del territorio, la vieja idolatría de la propia tribu.
Este mismo año, mientras se juega el Mundial que organizan Estados Unidos, México y Canadá, circulan por medios europeos y redes sociales audios generados con inteligencia artificial que atribuyen a relatores argentinos —que están transmitiendo el torneo para la televisión de su país— comentarios racistas que jamás pronunciaron. Un análisis técnico encontró una probabilidad cercana al 98% de que uno de esos audios haya sido creado artificialmente; los propios periodistas afectados debieron salir a mostrar la grabación original para desmentirlo, mientras diarios de referencia en Europa ya habían reproducido la falsificación como si fuera un hecho, sin verificarla, sin esperar, sin la más mínima cautela profesional. Lo grave no es solo la mentira puntual, sino lo que deja atrás: una vez instalada, la desmentida rara vez viaja tan rápido ni tan lejos como la acusación original, y el país entero queda etiquetado por un instante que ni siquiera ocurrió. Ese mecanismo no daña solamente a Argentina; es el mismo mecanismo que en otro contexto arma turbas en un pueblo español, y que en cualquier lugar del mundo puede convertir a un país entero en el villano de una historia que nadie escribió con intención de que fuera verdad. Aquí el culto es otro, pero no menos antiguo: el del entretenimiento como refugio, el de la pertenencia futbolera como identidad última.
Y, sin embargo, mientras esto ocurre, la vida sigue con una normalidad que asusta más que cualquier escándalo. La gente mira el partido, discute la alineación, festeja el gol, indignada con el audio falso o defendiendo al relator, absolutamente convencida de que ese es el tema del día. Hay algo del relato de Noé en esa escena, aunque nadie lo note: la gente comía, compraba, se casaba, seguía con su vida exactamente igual, mientras el juicio ya había comenzado. No porque fueran malas personas. Sino porque no reconocían el tiempo que estaban viviendo. El Mundial no es el problema —el fútbol nunca lo fue—; el problema es que se ha vuelto, para millones, el único reloj capaz de marcar la hora del mundo, mientras el verdadero reloj sigue corriendo en otro lado, sin que nadie lo mire.
No hace falta sostener que existe una mano que diseña estos episodios para advertir el patrón que dibujan juntos. La atención humana es finita, y hoy está organizada por sistemas que premian lo que genera indignación inmediata por sobre lo que exige comprensión lenta. Un audio falso sobre un relator de fútbol compite en el mismo espacio de atención que la ampliación de un arsenal nuclear, y casi siempre gana el audio falso, porque ofrece un enemigo cercano, reconocible, humano, mientras que la geopolítica ofrece abstracciones lejanas que exigen estudio y no dan la descarga inmediata que da odiar a alguien con nombre y apellido.
En el Evangelio de Marcos, Cristo responde a quienes lo acusan de actuar con el poder del demonio con una frase que desde entonces no ha dejado de aplicarse a los pueblos: un reino dividido contra sí mismo no puede permanecer en pie. No habla de un enemigo exterior, sino de la fractura interior que vuelve innecesario cualquier ataque externo, porque el cuerpo ya se está destruyendo solo. Es imposible no pensar en esa frase frente a sociedades que gastan su energía moral persiguiéndose entre vecinos —por origen, por bandera, por pertenencia— justo en el momento en que más necesitarían un mínimo de unidad para atravesar una transición histórica que las va a golpear a todas, sin excepción, más allá de cómo termine el reparto final del poder.
San Pablo se lo advierte a los Gálatas con una imagen todavía más física: si se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado de no destruirse mutuamente. No es una figura piadosa; describe un mecanismo real. La mordida no necesita premeditación para ser letal, solo necesita repetirse. Hay algo de esa advertencia en la manera en que las sociedades contemporáneas se consumen en discusiones identitarias que no dejan margen para pensar en nada más: cada bando ocupado en probar la maldad del otro, mientras ninguno le dedica una fracción de esa energía a las fuerzas que están reordenando el mundo por encima de sus cabezas.
Y sin embargo, tal vez el problema de fondo no sea siquiera el odio. En Mateo 24, entre las señales de los tiempos, Cristo anuncia algo más silencioso que las guerras: que el amor de muchos se enfriará. No dice que el odio crecerá —eso es apenas la superficie—; dice que el amor se va a enfriar, que la capacidad misma de conmoverse frente al otro va a irse apagando. Eso describe mejor que cualquier estadística lo que le pasa a una sociedad que ve un audio falso, una cacería de inmigrantes o un país entero difamado con la misma indiferencia con la que ve pasar el clima: nos acostumbramos a todo, y la costumbre, más que la crueldad, es el verdadero síntoma del enfriamiento.
Está también Babel, y conviene leerla bien, porque suele leerse mal. La maldición no fue el idioma. Fue la soberbia. Las lenguas distintas fueron la consecuencia de un pueblo que quiso alcanzar el cielo con sus propias manos, sin Dios y en su lugar. Hoy la inteligencia artificial resuelve, por primera vez en la historia, la barrera lingüística: traduce cualquier idioma a cualquier otro en tiempo real, sin esfuerzo, casi sin error. Pero no resuelve la soberbia. La multiplica. Porque ya no hace falta que Dios confunda las lenguas cuando cada persona puede construir su propia torre: su propio mundo, su propia verdad, su propia comunidad, su propio enemigo a medida. Esa es una Babel más sofisticada que la original, porque no necesita separar a los pueblos por idioma. Le alcanza con separarlos por bando, dentro del mismo idioma, dentro del mismo barrio, a veces dentro de la misma sangre.
Y está, por último, Elías, escondido en una cueva, esperando que Dios se le manifieste. Primero pasa un huracán que parte montañas, y Dios no está en el huracán. Después un terremoto, y Dios no está en el terremoto. Después un fuego, y Dios tampoco está en el fuego. Dios está en el silbo apacible, en el susurro casi inaudible que viene después de que todo el ruido terminó. Vivimos en una civilización que produce huracanes, terremotos y fuego todos los días —notificaciones, escándalos, guerras culturales, cacerías, audios falsos— y que ha perdido, en medio de tanto estruendo, el oído para lo único que de verdad importa. Quizás el problema no sea que Dios haya dejado de hablar. Quizás sea, simplemente, que ya nadie puede escucharlo.
Nada de esto pide resignación ni fatalismo. Tampoco pide dejar de mirar lo que ocurre puertas adentro: la violencia contra un inmigrante en un pueblo español es real y merece ser nombrada como lo que es, igual que el racismo, donde exista, merece ser señalado sin excusas ni relativismos. La cuestión no es mirar menos hacia adentro, sino no perder, en medio de esa mirada, la capacidad de mirar también hacia arriba.
Porque las guerras siempre existieron. Los imperios se levantaron y cayeron mucho antes de que hubiera algoritmos que lo narraran. Lo verdaderamente nuevo de este tiempo no es que el mundo se reordene —eso ya pasó antes, y va a volver a pasar—, sino una humanidad que está dejando de distinguir entre la información y la verdad, entre el entretenimiento y la realidad, entre el prójimo y el enemigo, entre la libertad y el simple deseo. Ahí, y no en el resultado final de la guerra, aparece la pregunta que de verdad debería desvelarnos: no quién va a ganar este reordenamiento del mundo, sino qué clase de hombre va a sobrevivir a él.
Cristo dice en el Evangelio: donde está tu tesoro, allí está también tu corazón. Vale para las personas y vale, igual, para las civilizaciones. Una civilización termina pareciéndose a aquello que considera su tesoro. Si su tesoro es Dios, se organiza de una manera. Si su tesoro es el consumo, el poder, el dinero, la identidad o el entretenimiento, se organiza de otra, y tarde o temprano se le nota en la cara. El Mundial, los audios falsos, la cacería de inmigrantes, los algoritmos, la inteligencia artificial, las guerras culturales, incluso la geopolítica de bloques y tratados: nada de eso son temas independientes. Son formas distintas de responder a una misma pregunta, la única que finalmente importa: qué es lo que esta civilización considera sagrado.
Y ahí es donde la Babel de nuestro tiempo se vuelve más peligrosa que la original. Porque hay quienes, sin decirlo, ya le rezan a un ídolo nuevo que ha resuelto técnicamente la maldición de las lenguas y que, sin embargo, entrena a diario a personas que hablan el mismo idioma para que se odien entre sí. Le entregan sus horas, su atención, su capacidad de juicio, y a cambio reciben un enemigo distinto cada día. Ese falso dios no necesita bajar a confundir a nadie: le alcanza con administrar el ruido y dejar que cada uno elija, clic a clic, a quién odiar hoy, mientras el verdadero reordenamiento del mundo sigue su curso allá arriba, indiferente, casi sin testigos, y el susurro que de verdad debería importarnos sigue esperando, en algún lugar, a que alguien vuelva a tener oído para él.
Ivone Alves García
Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

