
Por Juan Manuel de Prada
Advertía muy sabiamente ABC en un editorial reciente que la invocación constante del «cambio climático» para explicar la virulencia de los incendios que padecemos (todos ellos provocados con oscuros fines) es una argucia empleada por políticos baldragas para evitar que nadie señale su incompetencia y falta de previsión. En realidad, es una argucia que no emplean únicamente cuando se queman nuestros montes en verano: también lo hacen cuando la gota fría inunda las ciudades del Levante, cuando se dispara el precio de la luz o de los alimentos básicos, incluso cuando se desmadran las avalanchas inmigratorias. En este sentido, podríamos afirmar jocosamente que el «cambio climático» es, en reñida competencia con Putin, el causante de todas nuestras desgracias. Y también la guinda del pastel del «Estado autonómico» instaurado por el Régimen del 78, que permite saquear al pueblo mientras las distintas administraciones se endosan entre sí la responsabilidad de las calamidades, en un toma y daca que azuza la demogresca. Pero este toma y daca necesita, a modo de escamoteo o birlibirloque final, una instancia suprema e inapelable sobre la que poder descargar todas las responsabilidades; y esa instancia suprema e inapelable es la «emergencia climática».
Sin embargo, nunca debemos olvidar que en España no estamos gobernados por políticos meramente baldragas; estamos gobernados por auténticas alimañas. Y cuando semejantes criminales invocan incesantemente la «emergencia climática» es porque, aparte de escaquearse y eludir responsabilidades, pretenden que la «emergencia climática» se convierta en una suerte de «implante cerebral» que, como ocurre con otros mantras elevados al rango de dogmas, nos discipline e intimide, generando una confortable «protección de rebaño» en quienes lo acatan y una instantánea reprobación en quienes lo discuten.
Introduciéndonos otros «implantes cerebrales» ya han logrado una obra de ingeniería social formidable: han conseguido, por ejemplo, que nos avergoncemos de nuestros abuelos, porque combatieran en un determinado bando en una polvorienta guerra; también han conseguido que neguemos grotescamente las realidades biológicas más evidentes. Así convierten nuestras conciencias, que siempre han sido un territorio vedado a los tiranos, en una jaula regida por las normas que convienen a la nueva tiranía, cuyo objetivo último es la consecución de un reinado plutocrático mundial. Un reinado que, con la cortada de la «sostenibilidad», arrase nuestra economía productiva e instaure un infierno maltusiano donde, para salvar el planeta, debamos renunciar a comer carne, a una energía barata, a una vivienda digna, a la procreación; renunciar, en fin, a una vida humana.

