
Por Juan Manuel de Prada
Lo ocurrido durante los últimos días nos demuestra que España es un pueblo en manos de demagogos, que pueden modelarlo como plastilina y conducirlo hacia el redil que les conviene; y si hace falta, incluso, hacia el barranco más hondo. Impresiona, en primer lugar, que los chacales gobernantes puedan conseguir –con la ayuda inestimable de la prensa lacaya– que España entera se olvide de la invasión bárbara de Ceuta y de las sentinas de podredumbre y corrupción donde chapotean, para desviar la atención de las masas cretinizadas hacia el caso pintoresco de una anciana desalojada (sin duda, de forma muy torpe y hasta impía, al igual que los 300.000 desahuciados de las últimas dos legislaturas) del piso que llevaba ocupando en fraude de ley desde hace décadas. Y, todavía más, los chacales gobernantes logran que una juventud lobotomizada a la que han privado de la capacidad adquisitiva mínima para poder vivir dignamente erija en emblema turulato de su causa a esa anciana, que se beneficiaba de una ley con sentido de la justicia social derogada hace décadas (por los mismos chacales que ahora gobiernan) y de la que esa juventud lobotomizada nunca podrá beneficiarse.
Los chacales gobernantes se erigen entonces en paladines de esa causa turulata y en látigos de los «fondos buitre», después de que durante más ocho años no hayan movido un dedo por combatir seriamente el problema de acceso a la vivienda y se hayan dedicado, en cambio, a lamer las almorranas de los capitostes de BlackRock, presumiendo de las «inversiones» que han realizado en España (o sea, del acaparamiento rapaz de la propiedad, para que la juventud española no puede acceder a ella). Pero, no contentos con regar con sus orines a esa juventud lobotomizada, los chacales gobernantes deciden también cagarle en la jeta, para lo que improvisan un decreto-ley que aprueban sin haberlo siquiera redactado; que después redactan con ayuda de la inteligencia artificial, o de zoquetes ignaros en Derecho que perpetran un fárrago plagado de aberraciones jurídicas (desde la infracción del principio de irretroactividad de las leyes hasta la legalización de la prueba diabólica); y que, no contentos todavía con la burla, deciden desgajar el bodrio, para confeccionar otro que, aparte de repetir las mismas aberraciones jurídicas, exagerándolas, se adorna con groseros brindis al sol y consignas ideológicas pestilentes. Todo ello para someter a los diputados a un chantaje sórdido y después poder señalarlos como enemigos del pueblo, si se atreven a tumbar su doble bazofia.
Y con esa baza desquiciada los chacales gobernantes se disponen a convocar elecciones. Sólo un pueblo que está en manos de demagogos puede tragar una engañifa tan indecente; sólo un pueblo moralmente envilecido, intelectualmente embrutecido y poseído por un furioso apetito autodestructivo puede despeñarse por el barranco, cual manada ciega de lemmings, de forma tan desoladora.

