
Por Juan Manuel de Prada
Señalaba el director de ABC recientemente que «los jóvenes españoles empiezan a creer en Dios y dejan de creer en la democracia, y ya es perturbador que una cosa vaya con la otra». ¿Está ocurriendo en verdad tal metamorfosis? Son muchas las cuestiones sugestivas y candentes que se concitan en la perspicaz afirmación de Julián Quirós, sin duda captadora de un nuevo clima generacional.
Aquí, en primer lugar, habría que preguntarse si se puede ser sinceramente religioso y sinceramente demócrata (según lo que la democracia nos exige, en su avatar vigente). En uno de sus escolios, Gómez Dávila acertaba a expresar esta incompatibilidad: «La democracia no es procedimiento electoral, como lo imaginan los católicos cándidos; ni régimen político, como lo pensó la burguesía hegemónica del siglo XIX; ni estructura social, como lo enseña la doctrina norteamericana; ni organización económica, como lo exige la tesis comunista. La democracia es una religión antropoteísta. Su principio es una opción de carácter religioso, un acto por el cual el hombre asume al hombre como Dios». Así es, en efecto: la democracia ha dejado de ser una forma de organización política muy loable que permite la participación del pueblo en el gobierno, para convertirse en una nueva forma de religión, en un «fundamento de gobierno» que se arroga un poder omnímodo para determinar lo que es bueno y lo que es malo, subvirtiendo todo tipo de categorías morales y convirtiendo lo que determina una mayoría (a través de la aritmética parlamentaria) en ley suprema. Esta aberración política y filosófica es algo que los jóvenes más nobles y perspicaces rechazan. La razón nos permite discernir la naturaleza moral de las cosas, determinando lo que es justo o injusto; cuando esa naturaleza la determina arbitrariamente la conveniencia coyuntural, el puro utilitarismo, los deseos y apetitos de las masas (o más bien de las oligarquías que las manipulan), la pura y desenfrenada ‘libertad del querer’, se ha instaurado la pura irracionalidad. Y nuestros jóvenes más nobles y perspicaces repudian la irracionalidad, porque la razón no depende del número, ni adula a las multitudes.
Pero, evidentemente, tal cosa ocurre sólo entre los jóvenes más nobles y perspicaces; la mayoría de los jóvenes actúan movidos por impulsos menos elevados, o más crudamente pragmáticos. Y, sin embargo, también esos jóvenes descreen de la democracia en su expresión vigente. «La libertad parece poca cosa hasta que no se tiene», escribía Julián Quirós en su artículo. Pero, ¿cuál es la libertad que tienen hoy los jóvenes? Mi amado Leonardo Castellani señalaba con clarividencia que la palabra ‘libertad’, si no se le añade un para qué, es una palabra sin contenido y asquerosamente ambigua; pues la libertad no es un movimiento, sino un poder moverse, y en el poder moverse lo que importa es el Hacia Dónde. Una libertad que no sabe hacia dónde va es peor que la ausencia de libertad, del mismo modo que la sofística es peor que la ausencia de filosofía o la superstición es peor que la ausencia de religión. Así, la libertad debe ser irrestricta cuando se dirige hacia el bien; debe ser restringida o incluso impedida cuando se dirige hacia el mal; y debe ser suavemente encauzada cuando titubea o se confunde. A la postre, la libertad entendida en un sentido clásico es la capacidad de discernimiento que nos permite abrazar el bien y rechazar el mal; en cambio, la libertad de la que nuestros jóvenes pueden disfrutar en nuestras opíparas democracias se presenta como pura autodeterminación, como ‘libertad negativa’ que les permite actuar sin ser obstaculizados.
Pero, ¿de veras pueden actuar nuestros jóvenes sin ser obstaculizados en nuestra opípara democracia? ¿Pueden, por ejemplo, formar una familia libremente? ¿Pueden tener en propiedad una vivienda que les permita criar a sus hijos? Convendremos que tales impulsos, amén de naturales, se dirigen hacia el bien; en cambio nuestra opípara democracia los restringe y hasta impide. A cambio, concede libertad irrestricta para abandonar al cónyuge, para matar a los hijos en el vientre de su madre, para cambiar de sexo como quien cambia de camisa; concede derechos de bragueta a tutiplén y entretenimientos embrutecedores a esgalla, mientras se hunde la capacidad adquisitiva de los salarios, mientras se multiplican las exacciones, mientras se retrasa la edad de jubilación, mientras se extiende la pobreza y se concentra la riqueza, mientras se degradan los servicios públicos. En definitiva, los jóvenes descubren que nuestra opípara democracia les permite convertirse en chiquilines agitados e irresponsables que demandan la satisfacción de sus instintos más bajos, fomentando todo tipo de turbulencias antropológicas que los convierten en papilla homínida y desvinculada, a la vez que les niega la posibilidad de una vida digna y fecunda.
Inevitablemente, nuestra juventud menos estólida empieza a advertir que la libertad de la que gozan consiste en llevar una vida de ratas (o, dicho más exactamente, una vida peor que la de las ratas, que al menos pueden reproducirse). Y empiezan a advertir también que la democracia es un régimen político muy raro, donde los «representantes de la voluntad popular» (‘risum teneatis’) no se ponen de acuerdo en facilitar las condiciones para el acceso a la vivienda, pero están todos de acuerdo en destinar miles de millones de euros para abastecer lejanas guerras (tan de acuerdo que ni siquiera lo votan en el Parlamento). Entonces, inevitablemente, muchos jóvenes comprenden que se les ha estafado; comprenden que se les han permitido goces envilecedores a cambio de arrebatarles un horizonte espiritual, que se les ha brindado una educación endeble y embotadora de sus potencias a cambio de convertirlos en mano de obra ‘flexible’, que se les ha brindado una libertad que los ha esclavizado. Y que la tan cacareada democracia era, en realidad, esa forma de totalitarismo amable que avizoró Tocqueville, que «se parecería a la potestad paterna si, como ésta, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo desea fijarlos irrevocablemente en la infancia», a la vez que les quita «el trastorno de pensar y el esfuerzo de vivir». Debemos alegrarnos, querido Julián Quirós, de que nuestros jóvenes –o siquiera una minoría lúcida de nuestros jóvenes– se revuelvan contra esta basura y anhelen una vida más alta.

