
Por Marcelo Ramírez
El problema de nuestra época no puede resumirse solamente en una supuesta disminución de la inteligencia. La sociedad contemporánea conserva enormes capacidades cognitivas, técnicas y profesionales. Millones de personas dominan procedimientos complejos, operan tecnologías sofisticadas, administran recursos y resuelven dificultades cotidianas. Sin embargo, esas mismas personas emplean cada vez menos esas capacidades para comprender el mundo en el que viven, establecer relaciones causales, jerarquizar información y actuar según consecuencias de largo plazo. La degradación actual es funcional porque afecta la atención, la memoria, el juicio y la voluntad política sin impedir que la maquinaria económica siga funcionando.
Esta transformación produce un individuo eficaz dentro de tareas delimitadas y vulnerable frente a los procesos que determinan su vida. Puede trabajar, consumir, endeudarse, votar y opinar, pero encuentra dificultades crecientes para reconstruir el vínculo entre una decisión económica, una estructura de propiedad, una política pública y sus efectos sociales. La abundancia de datos no corrige esa debilidad, al contrario, muchas veces la profundiza porque la información llega fragmentada, descontextualizada y sometida a una competencia constante por captar atención.
Durante siglos, una parte importante de la cultura popular conservó una aspiración simbólica hacia arriba, ascendente. Leer, aprender un oficio, conocer historia, hablar con precisión, escuchar a alguien que sabía más y comprender la política eran conductas asociadas al progreso personal si bien ese ideal nunca fue universal y convivió siempre con la ignorancia, la frivolidad y el entretenimiento banal. La diferencia actual está en la escala y en la función. La banalidad dejó de ocupar los márgenes del tiempo libre y se convirtió en uno de los principios organizadores de la vida cotidiana.
Una persona puede pasar cuatro, cinco o seis horas frente a una pantalla, recibir cientos de imágenes, escuchar cientos de frases y terminar el día sin haber incorporado una sola idea articulada. Jamás hubo tanta información disponible y pocas veces fue consumida de manera tan superficial. La cultura digital multiplicó el acceso al conocimiento, pero también perfeccionó una economía que obtiene beneficios de interrumpir la concentración, estimular la ansiedad y convertir cada segundo de atención en una mercancía.
La primera degradación ocurre en la capacidad de concentrarse. TikTok, Reels, Shorts, notificaciones, titulares, memes, videos acelerados y fragmentos de entrevistas entrenan a la mente para cambiar de objeto cada pocos segundos. El cerebro entonces aprende el comportamiento que practica y después de años de consumo fragmentario, sostener una actividad continua empieza a producir incomodidad leer veinte páginas, escuchar una conferencia, seguir un razonamiento complejo, mirar una película subtitulada o conceder diez minutos a un argumento antes de juzgarlo.
Esa incomodidad suele confundirse con incapacidad y en muchos casos expresa una pérdida de entrenamiento cognitivo. La atención funciona como una disciplina y se debilita cuando toda la experiencia cultural premia el salto inmediato hacia el estímulo siguiente. El resultado político es profundo y quien pierde la capacidad de seguir una explicación compleja necesita que el mundo sea reducido a consignas simples como bueno o malo, héroe o traidor, víctima u opresor, demócrata o fascista, Occidente o dictadura. La consigna reemplaza al argumento y la política se convierte en administración emocional de masas.
El entretenimiento participa de esa transformación porque siempre existieron contenidos triviales, y el descanso forma parte de una vida sana. El problema aparece cuando la mayor parte de la experiencia cultural, como veíamos, queda organizada alrededor de lo trivial y cuando el entretenimiento deja de ofrecer una pausa frente a la realidad para ocupar su lugar. Escándalos de celebridades, desafíos absurdos, bromas humillantes, exhibiciones de consumo y conductas riesgosas compiten por unos segundos de visibilidad. El objetivo común es capturar atención.
El reconocimiento social que antes podía obtenerse mediante conocimiento, prestigio profesional, valentía, servicio comunitario o creación artística puede conseguirse ahora mediante una breve irrupción en el flujo colectivo. Esa lógica genera una inflación de conductas extremas dado que si una imprudencia filmada produce más visualizaciones que una explicación rigurosa, el sistema de incentivos queda establecido. La plataforma no necesita ordenar comportamientos degradantes, le basta con premiarlos.
Así se configura la estupidez funcional. Una persona puede conservar aptitudes laborales y, al mismo tiempo, renunciar al pensamiento autónomo, adoptando opiniones prefabricadas, repitiendo frases, defendiendo posiciones que nunca investigó, indignandose por el asunto que el algoritmo presentó esa mañana y que olvidará cuando llega la polémica siguiente. La economía necesita individuos capacitados para producir y consumir. El poder se beneficia cuando esos mismos individuos carecen de interés, tiempo o hábitos para comprender.
La identidad política fue desplazada progresivamente por una identidad de consumidor. La pregunta acerca de la sociedad que se desea construir cedió terreno ante otra pregunta más inmediata y urgente como saber qué puedo comprar. Una casa, un automóvil, un teléfono de última generación, viaje, ropa, cuerpo, experiencias, restaurantes, seguidores. Toda la vida comienza a medirse mediante signos externos de éxito y el horizonte existencial se reduce a la acumulación privada.
Esa reducción debilita así la idea de destino colectivo. El deterioro del hospital público parece lejano mientras exista medicina privada, la degradación educativa pierde urgencia para quien puede pagar un colegio, la inseguridad se vuelve un problema ajeno mientras se viva en un barrio protegido o la precarización laboral conmueve poco mientras afecte a otro. Se instala una privatización psicológica de la existencia: mi casa, mi dinero, mi cuerpo, mis vacaciones, mi familia, mis problemas, el resto se convierte en paisaje, en una película que vemos desde la comodidad individual.
El narcisismo completa ese desplazamiento. Las redes profundizaron una transformación cultural previa al producir la conversión de la propia vida en producto. La persona se fotografía, se exhibe, se compara y se mide. Cuenta seguidores, viajes, propiedades, músculos, experiencias y adhesiones. Cada elemento de la identidad puede transformarse en señal pública y cada señal debe recibir validación, la pertenencia comunitaria pierde terreno frente a la administración permanente del yo.
La consecuencia es una sociedad conectada y atomizada con miles de contactos que conviven con pocas relaciones fuertes, miles de opiniones, con pocas convicciones y miles de imágenes con escasa experiencia compartida. La conexión técnica facilita el contacto, pero no crea por sí sola comunidad porque una comunidad exige continuidad, obligaciones mutuas, memoria, confianza y capacidad de sacrificio. Esas disposiciones entran en tensión con una cultura centrada en la satisfacción inmediata y la optimización individual.
La empatía es otro factor que también se deteriora cuando el individuo se convierte en espectador permanente. Una guerra, un asesinato, una catástrofe, un niño herido o una persona humillada aparecen dentro del mismo flujo que una publicidad, un baile o un animal gracioso y la sucesión elimina de esta manera el contexto moral. La tragedia se vuelve otro estímulo y el gesto de deslizar el dedo o el mouse reemplaza el tiempo necesario para comprender. La habituación al horror no convierte automáticamente a las personas en crueles, produce algo más extendido como es una sensibilidad saturada que reconoce el sufrimiento y continúa de inmediato hacia otra cosa.
La dispersión de la atención se combina con la división horizontal de la sociedad. Generaciones, identidades, estilos de vida, tribus culturales y comunidades digitales hablan principalmente consigo mismas. Cada grupo recibe un lenguaje, un repertorio de agravios y un conjunto de enemigos. La sociedad puede discutir política durante todo el día sin discutir el poder real, quién posee los recursos, quién decide las inversiones y los destinos, quién se apropia de la productividad, quién controla la infraestructura y quién fija las reglas.
El identitarismo contemporáneo ofrece un ejemplo central. Las luchas contra discriminaciones concretas forman parte de cualquier sociedad que aspire a la justicia. el problema surge cuando esas reivindicaciones se convierten en una taxonomía moral capaz de ordenar toda la vida social en categorías rígidas de víctima y victimario. Sexo, género, raza, origen, orientación e identidad cultural pasan a funcionar como posiciones predeterminadas desde las cuales se asignan legitimidad, culpa y autoridad.
Esa lógica puede enfrentar a grupos que comparten condiciones materiales objetivas. Dos trabajadores con salarios deteriorados terminan viéndose como adversarios culturales, hombres y mujeres sometidos a la misma precarización son inducidos a interpretar su vínculo como una guerra estructural. La energía política se desplaza hacia el lenguaje, los pronombres, la representación simbólica, la identidad de un actor o la composición demográfica de una campaña publicitaria. Mientras tanto, la propiedad, la concentración económica y la distribución de la riqueza permanecen intactas y cada vez mas alejadas del escrutinio público.
El capitalismo corporativo comprendió con rapidez que podía absorber esa revolución simbólica. Una empresa puede exhibir diversidad impecable y mantener condiciones laborales abusivas. Puede pintar su logotipo con los colores de una causa, evitar impuestos y aumentar la concentración de mercado, incorporar todas las identidades imaginables a una publicidad sin alterar quién posee la empresa. La representación modifica imágenes y oportunidades individuales, la transformación material modifica relaciones de poder. Confundir ambas escalas permite presentar adaptación cultural como cambio estructural.
La fragmentación identitaria incorpora además una forma de vigilancia social porque el control circula entre ciudadanos mediante costos reputacionales, escarnio público, aislamiento profesional y expulsión de determinados espacios. Una etiqueta puede sustituir al argumento. Palabras como racista, misógino, transfóbico, fascista o negacionista, aplicadas como cierres automáticos, interrumpen discusiones que deberían resolverse examinando hechos y razonamientos. El miedo a la sanción genera autocensura y empobrece la capacidad colectiva de formular preguntas difíciles.
Universidades, juventudes, intelectuales, artistas, periodistas y movimientos sociales, sectores históricamente asociados con la producción de disidencia, pueden dedicar enormes cantidades de energía a vigilar su propia pureza ideológica. Las disputas internas ocupan el centro mientras avanzan la automatización, la financiarización, la concentración económica y la precarización laboral. El poder resulta menos expuesto cuando sus posibles críticos están ocupados en combates laterales y cuando el vocabulario radical funciona como sustituto de la capacidad organizada.
La consecuencia política de este proceso es una población cansada, distraída y resignada con unl ciudadano apático que puede desconfiar del sistema, odiar a sus dirigentes y saber que vive peor. Peor la apatía no exige consentimiento, exige inacción y por eso sus frases características expresan impotencia aprendida: todos son iguales, nada cambia, siempre fue así, yo me ocupo de lo mío.
Ese último enunciado representa una victoria completa de la despolitización. Una sociedad puede atravesar veinte años de deterioro económico y responder mediante estrategias privadas de adaptación con un segundo trabajo, emigración, compra de dólares, criptomonedas, plataformas, delivery o emprendimientos. Cada respuesta puede ser racional desde el punto de vista individual peor su generalización revela la desaparición de la pregunta colectiva. El interrogante sobre las causas del empobrecimiento es reemplazado por la búsqueda de una salida personal.
Las redes ofrecen un mecanismo eficaz de descarga. La gente se queja, insulta políticos, comparte denuncias, publica memes y participa en discusiones interminables. El individuo siente que reaccionó porque expresó indignación mientras la estructura permanece intacta. Se produce una catarsis sin acción que puede cumplir una función estabilizadora, con el malestar que se libera simbólicamente antes de convertirse en organización, disciplina, estrategia o construcción institucional.
Incluso el consumo intensivo de contenido político puede convertirse en entretenimiento ideológico. Una persona escucha durante horas a comunicadores que confirman exactamente lo que ya piensa. Se indigna, comparte y discute, experimenta la sensación de participar diariamente en una batalla histórica mientras permanece inmóvil frente a una pantalla. La información política pierde su función cuando no modifica criterios, vínculos, prioridades ni capacidades y alimenta una identidad y una emoción, pero no produce poder social.
La manipulación contemporánea opera sobre esa debilidad. Convencer profundamente a toda la población resulta innecesario, administrar su atención es suficiente. Un escándalo desplaza al anterior, una guerra borra otra guerra, una polémica cultural domina cuarenta y ocho horas y una provocación deliberada controla la conversación durante varios días. La saturación produce amnesia y cada acontecimiento parece comenzar desde cero porque no existe memoria suficiente para conectarlo con una secuencia.
El control social adopta entonces una forma sofisticada de desenfocar. Las transformaciones estructurales ocurren a la vista de todos, rodeadas por miles de estímulos secundarios. Una celebridad desplaza una crisis económica y una discusión verbal ocupa semanas mientras se toman decisiones que afectarán décadas. Ocultar los hechos deja de ser imprescindible, apenas basta con presentarlos como aburridos, demasiado complejos, lejanos o inevitables y así asegurarse que siempre exista algo más atractivo para mirar.
La anestesia se profundiza con la pérdida de proyectos históricos. Industrialización, desarrollo nacional, Estado de bienestar, integración continental, conquista espacial, socialismo, modernización y liberación nacional, ofrecieron horizontes capaces de organizar generaciones enteras. Esos proyectos podían ser contradictorios y producir conflictos, pero situaban la política en el terreno del futuro, obligando a discutir qué país y qué sociedad debían existir dentro de veinte o treinta años.
Gran parte de la política contemporánea en realidad solo administra el presente. La urgencia económica encierra a millones de personas en la pregunta por el fin de mes y esa preocupación es completamente comprensible y consume la energía disponible. Su generalización tiene un efecto devastador: una sociedad incapaz de imaginar el futuro termina administrando su decadencia. La ausencia de horizonte convierte cada renuncia en una adaptación realista y cada retroceso en una fatalidad.
La cultura adulta acompaña ese proceso mediante una infantilización creciente. Lenguaje simplificado, conflictos reducidos a personajes buenos y malos, necesidad constante de entretenimiento, baja tolerancia al aburrimiento y a la frustración, gratificación inmediata, búsqueda permanente de aprobación y dificultad para postergar recompensas. Estas disposiciones alimentan industrias enormes porque interpretan al consumidor perfecto: impulsivo, ansioso, comparativo, insatisfecho y fácilmente estimulable.
La inteligencia artificial vuelve visible la gravedad del problema. Esta tecnología puede alterar el mercado laboral, la educación, la administración, la producción intelectual, la cultura, la guerra y la estructura económica. Una sociedad políticamente despierta debería discutir quién será propietario de los sistemas, quién se apropiará del aumento de productividad, cómo se distribuirán los ingresos y qué ocurrirá cuando una empresa que necesitaba mil trabajadores pueda funcionar con cien.
Son preguntas de orden civilizatorio pero están siendo recibidas por una cultura que continúa fragmentada en circuitos de distracción. Un sector mira videos breves, otro consume series, fútbol o se enfoca en las apuestas. Algunos participan en guerras culturales o se sumergen durante horas en contenido político partidario. La distracción cambia según la edad, la clase y la pertenencia cultural. El mecanismo permanece constante y cada grupo recibe su dosis propia de anestesia.
Quienes intentan escapar de esa dinámica enfrentan el aislamiento. Si perciben procesos preocupantes y tratan de explicarlos, encuentran respuestas previsibles del estilo: siempre fue así, no exageres, no se puede hacer nada, dejá de pensar tanto. Una persona aislada puede comprender perfectamente un problema y sentirse incapaz de modificarlo, pero la repetición de esa experiencia produce desánimo, luego resignación y finalmente silencio.
La frase “no sirve de nada” puede ser más eficaz que una prohibición, es letal. Una persona convencida de que puede cambiar algo constituye un sujeto político potencial., sin embargo una persona convencida de que nada puede cambiar, se inmoviliza sola. Conserva libertades formales, puede escribir, votar, protestar e insultar al gobierno, pero ha perdido la expectativa de eficacia colectiva y esa pérdida destruye la relación entre conciencia y acción.
La arquitectura completa combina varios procesos que se refuerzan. Menos atención produce menos lectura, menos conocimiento y mayor dependencia de consignas. Más narcisismo produce menos solidaridad, menos organización y menor capacidad política. Más precariedad produce cansancio, repliegue individual y resignación. La banalización destruye jerarquías intelectuales; el consumismo reemplaza al ciudadano; la guerra cultural desvía la indignación; la vigilancia moral genera autocensura; la saturación impide construir memoria; el aislamiento desmoraliza a quienes todavía intentan comprender.
El resultado es una población cognitivamente fragmentada, culturalmente empobrecida, socialmente atomizada, emocionalmente estimulada, económicamente ansiosa y políticamente resignada. Puede estar profundamente insatisfecha y permanecer inmóvil, advertir que pierde derechos, poder adquisitivo, estabilidad y capacidad de decisión, sin convertir ese malestar en una explicación coherente, esa explicación en conciencia común y esa conciencia en organización.
La forma contemporánea de dominación puede convivir con elecciones, internet, libertad de expresión, millones de medios e información prácticamente ilimitada. La libertad política requiere algo más que ausencia de censura, requiere capacidad para comprender, establecer prioridades, asociarse, sostener vínculos y actuar. Cuando esas capacidades se degradan, las instituciones formales permanecen mientras disminuye el poder efectivo de la sociedad para decidir su futuro.
Esa es la paradoja final. La humanidad dispone de la mayor infraestructura de conocimiento de su historia y la utiliza en gran medida para consumir estímulos de pocos segundos. Conoce una injusticia ocurrida a diez mil kilómetros y la olvida antes de comprenderla, se conecta con continentes enteros pero se enceerra en una identidad cuidadosamente exhibida.
Finalmente. puede tener libertad para informarse y perder el deseo, el hábito y el tiempo necesarios para hacerlo.
La dominación más eficaz construye una sociedad en la que pensar parece aburrido, innecesario o demasiado difícil. El poder no necesita ser amado ni convencer a todos de que las cosas funcionan. Le alcanza con una población distraída, individualizada, cansada y persuadida de que nada importante depende de ella. Es suficiente con que quienes podrían cuestionar la estructura combatan entre sí, que quienes perciben el problema se sientan solos y que la indignación sea intensa pero fragmentaria.
Entonces la sociedad puede discutir permanentemente mientras otros deciden. Alguien puede sentirse rebelde mientras permanece políticamente inofensiva y contemplar su propia expoliación, comprendiendo vagamente que está ocurriendo y, pocos segundos después, volver a deslizar el dedo hacia el siguiente estímulo.

