La trampa de no creer en nada – Por Ivone Alves García

Por Ivone Alves García

El objetivo ya no es convencerte de una mentira, sino agotarte hasta que dejes de buscar la verdad. De la geopolítica global a las estadísticas dibujadas de nuestra propia clase dirigente, el negocio de la confusión generalizada logró su mayor éxito: crear una sociedad exhausta y desconfiada que, creyendo liberarse de toda manipulación, se volvió más vulnerable que nunca.

Empecemos por algo que seguramente te pasó esta semana. Escuchaste que el dólar subió, después viste en otro lado que bajó, un canal dijo que la inflación había sido de tanto, otro dio un número distinto, y en algún momento del día simplemente dejaste de prestarle atención, porque total, pensaste, «todos manejan los datos como les conviene». Ese instante en que bajaste los brazos y dejaste de intentar saber qué era cierto no es un detalle, no es algo sin importancia en tu jornada. Es, literalmente, el objetivo de un tipo de guerra que ya lleva más de una década estudiándose en serio, y que rara vez se explica en criollo.

Durante los últimos diez años, Irán sufrió una enorme devaluación de su moneda en el mercado y restricciones muy fuertes sobre su comercio y sus finanzas, producto de las sanciones internacionales combinadas con problemas propios de su economía. Sobre ese mismo escenario actuaron, en paralelo, campañas mediáticas, operaciones digitales y disputas por el control de la información. El desgaste simultáneo mediante presiones económicas, mediáticas y psicológicas no busca solo una crisis material, sino desmantelar la soberanía psicológica y la resiliencia colectiva de una sociedad. Este modelo de asedio invisible provoca la anulación del futuro, la atomización social y el quiebre de la voluntad, llevando a la indefensión aprendida y al agotamiento crónico de la población.

La clave de este asedio invisible es más inquietante de lo que parece. El objetivo no es convencer a la población de una idea puntual, sino erosionar su capacidad de interpretar la realidad, de confiar en sus propias instituciones y de sostenerse como comunidad. No hace falta que la gente crea una mentira específica: alcanza con que deje de saber qué creer. Y ahí está la diferencia clave, la que explica por qué este agotamiento es más peligroso que una simple mentira: una sociedad que cree algo falso puede corregirse el día que los hechos salen a la luz. Una sociedad que ya no confía en ninguna fuente no tiene forma de corregirse, porque dejó de creer que corregirse sea posible.

Ese paso de convencer a agotar explica por qué hoy todos los escándalos se ven igual en cualquier lado. Siempre es lo mismo: un video recortado, un audio que no se sabe de dónde salió, un rumor en el aire o acusaciones cruzadas. Así pasa una y otra vez hasta que, a los tres días, ya nadie se acuerda de qué empezó todo ni le importa demasiado. Producir confusión sale muy barato comparado con producir una explicación convincente. Y el resultado —gente cansada, desconfiada, que ya ni se toma el trabajo de averiguar porque da por hecho que no va a llegar a ninguna conclusión— es, para quien maneja ese tipo de presión, tan útil como haber ganado la discusión.

Esto no es solamente un invento para explicar lo que le pasa a Irán, ni una herramienta que usan solamente las potencias occidentales contra países del Sur Global. Rusia lee su propia última década en términos parecidos: sus estrategas describen la guerra híbrida como una herramienta pensada para minar la voluntad de un pueblo antes de enfrentar a sus ejércitos, y a partir de ese diagnóstico construyeron su propia respuesta —control legal de las plataformas, aplicaciones nacionales obligatorias, un aparato jurídico que decide qué contenidos circulan— con el argumento declarado de proteger la cohesión social frente a una presión que consideran deliberada.

China llegó a una conclusión parecida por otro camino: después de ver cómo las protestas de Hong Kong de 2019 se organizaban y se amplificaban a través de plataformas extranjeras, sumó con fuerza la «seguridad ideológica» a su concepto de seguridad nacional, convencida de que aquel movimiento no fue solamente descontento espontáneo sino algo también empujado desde afuera. De ahí su insistencia en construir poder discursivo propio: poder contar su propia historia sin depender de las categorías, los medios ni las plataformas de otro país.

Este escenario expone la dificultad de trazar el límite entre la legítima defensa cultural y la restricción del debate interno. Las políticas orientadas a blindar la soberanía frente a narrativas externas crean, en la práctica, un ecosistema de información cerrado. La complejidad de este modelo radica en que la homogeneidad inducida debilita los mecanismos naturales de autocorrección de una sociedad, enfrentando a los Estados al reto de mantener el orden sin que la necesidad de control termine ahogando la vitalidad de la comunidad que intentan resguardar.

Pero que el remedio tenga sus propios riesgos no significa que la amenaza sea un invento. Hoy la confianza de una sociedad es un objetivo militar tan real como un puente, una central eléctrica o una red de telecomunicaciones. El doble estándar acá es total: Occidente denuncia la guerra cognitiva al segundo cuando la practican Rusia, China o Irán, pero casi nunca se pregunta qué efecto tienen sus propias sanciones, sus plataformas globales, sus medios internacionales o el financiamiento político que inyecta afuera. Tampoco se cuestiona el hecho de que son ellos, casi siempre, los que deciden qué noticia da la vuelta al mundo y cuál se queda encerrada en su país de origen. Al final, la herramienta es la misma; lo único que cambia es el nombre según quién la use: es «guerra» cuando la hace el rival, e «información», «valores» o «defensa de la libertad» cuando la hacemos nosotros.

Ahora bajemos esto a algo bien concreto y bien nuestro, porque Argentina no necesita que nadie de afuera le enseñe el mecanismo: lo tiene desarrollado puertas adentro hace rato. Durante casi diez años, entre 2007 y 2015, el organismo oficial de estadísticas publicó índices de inflación que cualquiera, cada vez que iba al supermercado, sabía que eran un dibujo; el propio Fondo Monetario Internacional terminó censurando formalmente al país por eso. Ese episodio dejó una marca mucho más profunda que un simple fraude de medición: le enseñó a una generación entera que un dato oficial podía no significar nada. Y una vez que aprendés esa lección, la aplicás a todo: si te mintieron en la cara con la inflación, ¿por qué no te iban a mentir con el resto?Ahí empezó una bola de nieve que la clase dirigente, sin importar el color político, se encargó de alimentar. Esta desconfianza estructural se fue construyendo con motivos concretos de ambos lados de la grieta: promesas de campaña que se tiran a la basura al día siguiente de asumir, dirigentes que exigen sacrificios que ellos jamás hacen, jueces que aceleran o duermen causas según sople el viento, y medios que operan descaradamente para el que les paga. El hartazgo social que hoy domina el escenario político no cayó del cielo; es el resultado directo de ver a oficialistas y opositores turnándose para usar las mismas herramientas de manipulación. Ninguna operación, extranjera o local, crea la desconfianza desde cero: lo que hace es trabajar sobre instituciones que los propios políticos ya se encargaron de vaciar de credibilidad.

El problema no es que la gente desconfíe de algo puntual con motivos reales. El problema aparece cuando esa desconfianza específica —este medio ocultó tal cosa, este dirigente prometió tal otra y no cumplió— se transforma en una regla general: «total, todos son iguales», «no se puede confiar en nadie», «cualquier versión vale lo mismo que cualquier otra». Ahí es donde la crítica razonable se convierte en otra cosa, mucho menos útil: en una excusa para no seguir buscando la verdad, porque total, se supone, no existe.

Y en esto la grieta política tampoco ayuda. Cada vez que un sector reemplaza el análisis por la frase que entusiasma solamente a los propios, cada vez que elige la consigna fácil en lugar del argumento que podría convencer a alguien del otro lado, no está haciendo debate: está profundizando exactamente el mismo mecanismo. La sociedad termina dividida en grupos que ya ni siquiera comparten los hechos básicos de la discusión, cada uno hablándole solamente a los propios, confirmando lo que ya creían antes de escuchar una sola palabra nueva.

Vale la pena aclarar algo antes de seguir, porque defender la confianza social se puede confundir fácilmente con pedir obediencia, y no es lo mismo. La confianza que le hace bien a una comunidad no consiste en creerle de una a un gobierno, a un medio o a cualquiera que hable con firmeza. Se construye con instituciones capaces de mostrar pruebas de lo que afirman, de reconocer sus propios errores en vez de negarlos, y de responder cuando lo que dicen y lo que hacen no coincide. Esa confianza admite preguntas, tolera el desacuerdo, exige evidencia. La que no admite pregunta ni corrección no es confianza: es obediencia disfrazada. La otra, la merecida, es la que permite discutir fuerte sin que la discusión termine destruyendo el único terreno común donde todavía se puede discutir.

El descreimiento total, en cambio, nunca beneficia al ciudadano común. Beneficia siempre a quien ya tiene el poder. Quien está convencido de que todos mienten deja de exigir explicaciones, porque para qué. Deja de organizarse con otros, porque para qué. Deja de sostener cualquier proyecto que exceda su propia supervivencia inmediata, porque para qué, si al final nada importa ni nada se puede comprobar. Una comunidad sin confianza compartida ni memoria común no termina siendo una sociedad más despierta ni más difícil de engañar: se convierte en una colección de personas solas, cada una convencida de que piensa por su cuenta, y por eso mismo mucho más fácil de mover una por una.

El mecanismo, en el fondo, es viejo, mucho más viejo que cualquier red social. La confianza casi nunca se rompe con una mentira frontal y evidente. Primero se instala una duda chiquita sobre aquello que mantenía unido al grupo. Después esa duda crece y empieza a presentar cada vínculo como una forma de sometimiento, cada autoridad como un engaño, cada pertenencia como una pérdida de libertad. Cuando esas referencias compartidas desaparecen, queda un vacío, y ese vacío no se queda vacío mucho tiempo: lo ocupa el primero que tenga capacidad de llenarlo. Lo llamativo es que esa ruptura casi siempre se vive como si fuera una liberación —»por fin no le creo a nadie, pienso por mí mismo»— cuando en realidad suele terminar en una dependencia todavía más profunda que la que se creía estar dejando atrás.

Reconstruir esto no tiene atajos ni se decreta de un día para el otro. Hace falta que los Estados, las instituciones, vuelvan a ganarse, con hechos concretos, la confianza que perdieron, en vez de reclamarla solo porque les corresponde por cargo. Hace falta gente dispuesta a sostener algo verificable incluso cuando ese algo molesta a su propio grupo político, que es justo el momento en que un dato deja de ser cómodo y empieza a ser, de verdad, un dato. Y hace falta aceptar algo casi difícil de asimilar: que ninguna sociedad funciona si cada sector se arma su propia realidad a medida y después pretende que las demás la respeten como si fuera un hecho.

Al final, la pregunta no es geopolítica ni tecnológica. Es una duda mucho más simple: en qué clase de persona te convertís cuando ya no confiás en nada ni en nadie. Te quedás solo, desconectado de los demás, sin una historia compartida y sin ninguna verdad por la que valga la pena moverte junto a otro. Creés que te liberaste de toda manipulación, pero en realidad perdiste las únicas defensas que te da pertenecer a algo más grande que vos mismo. El tipo aislado se siente más independiente que nunca. Pero también es, por lejos, el más fácil de arriar.

Ivone Alves García

Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

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