¡Muera la libertad de Milei, carajo! – Por Juan Manuel de Prada

¡Muera la libertad de Milei, carajo!
Por Juan Manuel de Prada

Isabel Díaz Ayuso acaba de distinguir al presidente de la República Argentina, Javier Milei, con la «Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid» (las mayúsculas que no falten); ocasión que sin duda habrán aprovechado para confesarse lo muchísimo que les gusta la fruta a ambos. A esta orgía o empacho frutal la ha calificado el ministro Albares de «profunda deslealtad», por condecorar a quien «ha mostrado una actitud reiterada de búsqueda de confrontación y la ofensa a nuestras instituciones y a nuestra democracia»; declaración que como sinécdoque no está nada mal, porque Milei hasta la fecha sólo ha ofendido a Begoñísima. Pero, sin duda, no hay mujer que encarne más pintiparadamente el ideal mugriento y garduño de «nuestras instituciones y nuestra democracia» que Begoñísima.

La concesión de la medallita de marras a Milei no nos parece una «profunda deslealtad» ni parecidas zarandajas; pero se nos antoja una grosería y burla lastimosa, porque se supone que tal distinción se concede a aquellas personalidades extranjeras que hayan contribuido a fortalecer «los vínculos lingüísticos, históricos, culturales y económicos» de sus respectivas naciones con Madrid. Argentinos a los que podría concederse esta medalla se me ocurren varios; pero no veo que un sujeto como Milei haya hecho nada por fortalecer los mencionados vínculos. Aunque basta reparar en las ‘personalidades’ grotescas o ‘truchas’ que antes han sido ‘distinguidas’ con la medallita de marras durante el Ayusato –entre las que se cuentan, por ejemplo, Guaidó o Zelensky– para entender que lo del fortalecimiento de los vínculos es una milonga. Lo que la medallita distingue son las complicidades ideológicas de la señora Ayuso, que acaba siempre promiscuando con lo peorcito de cada casa, según la penosa querencia de cierta derechita valiente (pero dejando claro siempre que lo hace porque le sale del toto, con esa desenvoltura de garrida moza que es marca de la casa).

A Milei y Ayuso los une la exaltación frenética y carajosa de la libertad, que ambos invocan con insistencia maniática. Pero esta invocación de la libertad como ideal absoluto, sin incluir un «para qué», es un puro ‘flatus vocis’ asquerosamente ambiguo, además de una bobada filosófica, pues «la libertad –como nos enseña el argentino Leonardo Castellani– no es propiamente un movimiento, sino un poder moverse solamente; y en el moverse lo que importa es el Hacia Dónde. En efecto, es la dirección del movimiento lo que lo hace bueno o malo; es el objeto de la libertad lo que hace de ella «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». Pero en la libertad que invoca Milei (como, lamentablemente, en la que invoca Ayuso) no se menciona nunca el Hacia Dónde, sino que es una libertad concebida como poder absoluto de autodeterminarse, la pura soberanía de la individualidad, entendida como mera voluntad subjetiva. Milei y Ayuso invocan, en definitiva, la hórrida «libertad del querer» hegeliana, que no discierne entre lo bueno y lo malo, sino que se guía por el puro deseo personal. Ayuso lo especificó en cierta ocasión de forma muy gráfica, defendiendo que las menores pudieran abortar porque «no puedes obligar a nadie a llevar una vida contraria a la que ha deseado»; y defendiendo a la vez la objeción de conciencia de los médicos que no quieran perpetrar abortos. Esta libertad como puro zurriburri de deseos personales, sin determinación de la naturaleza moral del objeto, es lo que defienden Milei y Ayuso: para ellos no hay bien ni mal que pueda determinarse racionalmente, por lo que el gobernante debe asegurar que cada quisque pueda hacer lo que le pete, sin enjuiciar la naturaleza moral de los actos, para no ejercer violencia sobre la libertad individual.

La libertad que defienden Milei y Ayuso, entendida como principio emancipador que torna soberano al ser humano, es la más formidable fábrica de socialistas que vieron los siglos. Pues esta libertad sin Hacia Dónde genera en los seres humanos un ansia de hacer lo que les peta que, tarde o temprano, se topa con la falta de cumquibus. Pues, mientras la libertad sin Hacia Dónde entretiene a las pobres gentes engañadas y las convierte en monos agitados y ansiosos de disfrutes, sirve a las fuerzas económicas, que también quieren ser libres para concentrar el dinero en pocas manos. Y entonces el socialismo, para excitar la envidia y el resentimiento de las gentes ansiosas de disfrutes que no pueden pagarse, las embriaga con el concepto de una justicia social vaciada de contenido sobrenatural (o sea, la primera bienaventuranza que se ha vuelto loca) y les promete que, cuando el socialismo gobierne, podrán disfrutar de los placeres que disfrutan los ricos.

Frente a esta lamentable libertad sin Hacia Dónde que postulan Milei y Ayuso, fábrica insomne y estajanovista de socialistas, hay que volver a predicar la libertad cervantina y castellaniana, que es un estado de obediencia: «El hombre –escribía el gran maestro argentino– se liberta de la corrupción de la carne obedeciendo a la razón, se liberta de la materia sujetándose al perfil diamantino de una forma, se liberta de lo efímero atándose a un estilo, de lo caprichoso adaptándose a los usos; se liberta de su infecundidad solitaria obedeciendo a la vida, y de su misma vida caduca y mortal se liberta, a veces, perdiéndola en obediencia a Aquel que dijo: ‘Yo soy la Vida’». Esa es la libertad y la vida hermosa en la que creemos; y así podemos exclamar exultantes: «¡Muera la libertad de Milei, carajo!».

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