Parar la pelota: el hartazgo que ya no podemos seguir ignorando – Por Ivone Alves García

Por Ivone Alves García

Hoy la sociedad camina envuelta en un hartazgo que se respira en cada calle, en cada casa, en cada charla de café, no es cansancio de un mal día. Es un agotamiento profundo, acumulado año tras año, que deja a la gente sin fuerzas para mirar hacia adelante. Nos han trabajado las emociones hasta vaciarnos. Corremos detrás de la plata que nunca alcanza, atendemos mensajes que no paran, cumplimos obligaciones que se multiplican, y al final del día nos queda cero tiempo para pensar en nosotros mismos, en nuestra pareja, en nuestros hijos, en lo que realmente nos importa. En Argentina esto se vive con una claridad que duele. La oposición, en vez de plantarse como alternativa real, terminó haciendo el juego del oficialismo. Dicen representar al pueblo, pero avalan —por acción o por omisión— políticas que destruyen no solo la economía, sino el tejido moral y espiritual de este país. No discuten un modelo de Estado distinto, no proponen cómo proteger la soberanía, cómo fortalecer la familia o cómo devolverle tiempo a la gente para vivir. Solo pelean por un pedazo más grande de la torta del poder, aunque sea sentándose sobre las ruinas que ellos mismos ayudan a crear. Mientras tanto, la gente común sigue pagando las cuentas, apretando el cinturón, y preguntándose por qué cada vez cuesta más llegar a fin de mes aunque trabaje de sol a sol.

Y no se quedan solo con el bolsillo. También nos están cambiando la cabeza. La educación, que antes era el lugar donde se transmitían historia, patria, valores y respeto por la familia, hoy está tomada por agendas que no son nuestras. En vez de enseñarles a los chicos quiénes somos como pueblo, les llenan la cabeza con ideas ajenas a nuestra cultura y a nuestra tradición. Les dicen que la identidad es algo que uno elige como quien cambia de ropa, que la biología no importa, que la familia tradicional es una cárcel. Padres que intentan criar con los valores de siempre se encuentran con que la escuela, el colegio y hasta el jardín compiten contra ellos, metiendo conceptos que los mismos chicos no terminan de entender pero que les siembran confusión y distancia de sus raíces.

Así nos van fragmentando por todos lados. Nos sacan el tiempo para pensar, nos cambian lo que nos enseñaron a creer, nos hacen dudar de lo más básico: qué es una familia, qué es un hombre, qué es una mujer, qué es una patria. Nos convierten en individuos aislados, cansados, sin comunidad que los sostenga, sin fe que les dé sentido, sin nada a qué aferrarse cuando todo se pone difícil.

Es hora de parar la pelota. El pueblo está anestesiado, corriendo como hamsters en la rueda, pagando deudas que nunca terminan, mirando pantallas que los distraen, sin darse cuenta de que les están robando lo más valioso que tiene una persona: su identidad, su familia y su fe. Ya no alcanza con quejarnos en voz baja o despotricar en la mesa familiar. Hace falta un despertar consciente, una decisión colectiva de reconstruir desde lo básico.

Tenemos que volver a creer en la patria no como un eslogan de campaña, sino como un proyecto común que nos une más allá de las diferencias. Volver a poner a la familia en el centro de todo, porque ahí es donde se forman los valores que después sostienen una sociedad sana. Volver a hablar de Dios sin miedo ni vergüenza, porque el ser humano sin trascendencia se achica, se convierte en un simple consumidor agotado que solo busca la próxima distracción. Y volver a creer en el otro, en el vecino, en el compatriota, en esa solidaridad sencilla de tender una mano, de ayudarse, de construir juntos.

La salida existe. Está en recuperar el tiempo para pensar, en defender una educación que forme carácter en vez de confundir, en rechazar las agendas que nos dividen y nos alejan de lo que somos. Ser humano no es elegir identidad como quien elige un producto en el supermercado. Ser humano es poder mirar la lluvia caer, sentir el peso de la vida sobre los hombros y, a pesar de todo, decidir seguir construyendo.

Ese es el único camino para dejar de sobrevivir y volver a vivir de verdad. Parar la pelota, mirarnos a los ojos y decidir que queremos un país donde se pueda trabajar, formar una familia, creer en Dios y en la patria sin que nadie nos lo discuta a cada rato. Ese país todavía es posible. Solo depende de que nosotros lo elijamos.

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