Rusia ya habla de golpear a Europa – Por Marcelo Ramírez

Por Marcelo Ramírez

Hubo un dato que pasó relativamente rápido por los titulares pero que en realidad es mucho más grave de lo que parece. Ucrania, con drones aparentemente apoyados por Alemania, volvió a golpear infraestructura rusa y esta vez el blanco fue Tuapse, una de las refinerías más importantes de Rusia, con un impacto no solo sobre las exportaciones rusas sino potencialmente sobre el suministro mundial de petróleo. Un detalle no menor porque una cosa es hostigar posiciones militares, depósitos tácticos o nodos de campaña y otra muy distinta es empezar a tocar infraestructura energética estratégica rusa. Ahí ya no se está jugando solo a prolongar el desgaste y se empieza a cruzar una línea roja real.

En ese contexto aparece otra cuestión todavía más inquietante y que hoy se discute abiertamente en ciertos sectores del pensamiento estratégico ruso. No en un periferia delirante y maximalista, ni tampoco en el comentarismo histérico de televisión, sino en una zona mucho más seria, más densa y más doctrinaria donde entra Sergey Karaganov. Conviene entender en primera instancia quién es, y sorpresivamente no es un funcionario de primera línea del Kremlin pero tampoco es un opinador cualquiera. Alejado de ser un nacionalista de plató que agita fantasías para vender humo patriótico, Karaganov es algo distinto, es uno de los intelectuales estratégicos más influyentes de Rusia en las últimas décadas, especialmente en todo lo que tiene que ver con seguridad, política exterior, doctrina nuclear y relación entre Rusia y Occidente. No firma decretos pero instala marcos referenciales que presionan sobre el gobierno ruso, o que permiten globos que sondean la predisposición social sobre medidas mas radicalizadas. No da órdenes, pero sí corre límites y no decide por sí solo, pero habilita que ciertas ideas dejen de parecer impensables, lo que en política real, vale mucho más que un cargo pomposo.

Karaganov representa algo que podría llamarse, simplificando, un realismo civilizacional ruso en crecimiento. Mira el mundo en términos de poder, de historia larga, de esferas de seguridad, de identidades civilizatorias y de conflicto entre bloques. No cree en la moral abstracta como principio ordenador del sistema internacional y considera que se sostiene en la fuerza, en la disuasión nuclear, en la multipolaridad y en el derecho de Rusia a impedir que estructuras hostiles se instalen sobre su periferia inmediata. Asimismo cree algo que en Occidente cuesta entender porque sigue preso de sus propios clichés: Rusia debe cortar definitivamente su dependencia psicológica de Europa, no solo la dependencia económica o diplomática. Es decir, el vínculo mental de admiración, imitación y subordinación cultural hacia Occidente que todavía persiste en sectores de la élite rusa, empresarial, cultural y política.

Ese punto es central para entender lo que está pasando porque para Karaganov el problema no es solo externo. No alcanza con que Rusia se rearme si adentro suyo sigue teniendo una élite que sueña con volver a la normalidad anterior, con sus mansiones en Europa, sus capitales refugiados en Occidente y su viejo europeísmo de salón. Por eso vuelve a aparecer en su discurso la cuestión del “blasovismo”, esa idea de traición interna asociada a quienes colaboraron con el enemigo en la Segunda Guerra Mundial. Traducido al presente, Karaganov sostiene que Rusia no puede confrontarse seriamente con Europa si dentro suyo persiste una capa dirigente que sigue pensando como europea, admirando a Europa o esperando reconciliarse con ella. En otras palabras, la doctrina externa necesita una purga interna, tanto civilizatoria, como psicológica y política.

Sin embargo, lo más delicado no está ahí, sino en la conclusión a la que llega. Karaganov ya no plantea simplemente que Rusia debe alejarse de Europa, ahora plantea algo más duro como es que Europa occidental ya desató la guerra contra Rusia y que el error no sería responder, sino esperar. Esa es la clave porque ya no habla de una guerra futura, lo hace en base a una guerra en curso que todavía no tomó la forma total de una conflagración cinética generalizada, pero que ya existe en forma material: armas, drones, inteligencia, producción industrial, logística, financiación, doctrina, rearme, propaganda y hostilidad estructural. En esa lógica, la Unión Europea deja de ser vista como un apéndice dócil de Estados Unidos y pasa a ser un actor peligroso por sí mismo. El diagnóstico ruso se endurece en cunsecuencia.

Durante años, la lectura dominante en muchos análisis era más o menos simple, Europa era un enclave subordinado, un actor decadente sin voluntad propia y apenas una extensión política de Washington. Pero esa lectura empieza a desmoronarse y lo que hoy emerge desde Moscú, y Karaganov lo expresa con brutal claridad, es otra cosa: una Unión Europea histérica, ideologizada, rusófoba, degenerada políticamente y cada vez más autónoma en su agresividad. No mejor que Estados Unidos, sino peor aún porque no hay nada salvable dentro suyo, en sus élites. Esto es lo más peligrosa porque mientras en Washington todavía puede haber sectores con los que se negocie, racionales, Europa occidental aparece como un conglomerado de élites que ya perdió toda capacidad racional y usa la histeria bélica como mecanismo de supervivencia.

Por eso Karaganov introduce una idea extremadamente inquietante pero coherente dentro de su lógica: si Europa ya está en guerra con Rusia, entonces Rusia no debe preguntarse cómo evitar la guerra, sino cómo ganarla o cómo impedir que el enemigo termine de prepararse. Esto es lo que vuelve explosiva su posición porque no habla ya de simple disuasión sino de restaurar el miedo forzando a Europa a retroceder mediante el miedo militar y, si hace falta, el miedo nuclear.

Primero golpear objetivos simbólicos o funcionales con medios convencionales y luego escalar cortando cables, atacando centros de comunicación y posteriormente realizar pruebas nucleares, advertir en serio. Si eso no alcanza, plantea la posibilidad de ataques nucleares limitados sobre objetivos europeos con la idea de quebrar la voluntad occidental antes de llegar a una guerra termonuclear total.

No es una doctrina oficial completa del Kremlin, Pero tampoco es un delirio aislado. Funciona como una especie de ventana de Overton estratégica: dice en voz alta lo que sectores cada vez más amplios del establishment ruso empiezan a considerar por debajo de la mesa. De ahí la gravedad de lo que se está gestando, porque Karaganov no habla desde Marte, lo hace desde una zona del pensamiento ruso donde se percibe cansancio, impaciencia y una convicción creciente porque Rusia no debe esperar a que Europa termine de rearmarse.

Mientras eso se discute en Moscú, Europa efectivamente se rearma, ya no como una hipótesis sino como proceso material en curso. Los números son claros, el gasto militar global siguió creciendo y alcanzó niveles que no se veían desde hace años. Pero ese aumento no se distribuye parejo porque Europa sube fuerte lo mismo que Asia. En contraste, Estados Unidos, bajó coyunturalmente por la falta de nuevos paquetes para Ucrania durante 2025. Eso confirma algo importante: ya no estamos ante una guerra localizada en Ucrania, estamos ante una militarización sistémica del orden internacional. Europa se rearma por miedo a Rusia, Asia se rearma por China, Taiwán, Corea del Norte y la presión estadounidense por distintas razones y Rusia se rearma también, porque considera que ya está en guerra con Occidente. Estados Unidos hace lo suyo obligando a sus aliados a pagar más para sostener la arquitectura estratégica que sigue controlando.

Ahí aparece otro problema porque Washington aún no se retiró del mundo. Lo que hizo fue tercerizar costos apenas, las armas ya no las paga tanto el contribuyente norteamericano sino las pagan el europeo, el japonés, el australiano, el taiwanés. Eso parece brillante en el Excel, pero tiene un defecto porque al militarizar a sus aliados, Estados Unidos también les da más margen, más autonomía y más capacidad de arrastrarlo a escenarios que no necesariamente controla del todo. Ya pasó con Ucrania, también se empieza a ver en Asia. Encierra una paradoja dado que el imperio sigue queriendo administrar el tablero, pero cada vez depende más de actores regionales que pueden convertirse en problemas por sí mismos.

Europa es hoy el frente más acelerado de ese rearme, y el caso central es Alemania. Ahí está el corazón del problema porque Alemania, en medio de una crisis industrial seria, ha sido golpeada por la ausencia del gas ruso y por la competencia china, decidió rearmarse a gran escala. No se trata solo de comprar armas, se trata de transformar su economía en función de una lógica de guerra. Infraestructura, energía, puertos, ferrocarriles, hospitales, ciberseguridad, inteligencia artificial, drones, defensa aérea, industria dual, contratos públicos. Es decir: no solo rearme presupuestario sino rearme doctrinal, industrial y civil, pero el viejo objetivo del 2% del PIB quedó viejo. Ahora se habla del 5%, contando defensa estricta más infraestructura y preparación vinculada a la seguridad. Eso ya no es un ajuste defensivo, es otra cosa, es la absorción progresiva de la economía civil por una racionalidad militar.

Por eso Rusia mira con tanta preocupación a Alemania y al eje nórdico-báltico. Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Polonia, los Bálticos, el Reino Unido, Países Bajos. Ahí ve Moscú el núcleo duro del bloque hostil. Entonces, Alemania aporta la base industrial, el Reino Unido las líneas más duras, Polonia y los bálticos la voluntad de choque, Finlandia y Suecia la geografía, las reservas, la tecnología y el frente norte y Noruega y Dinamarca el Ártico, el Atlántico Norte, la energía, los cables submarinos y el control marítimo. Bruselas complementa con la legitimación, la presión normativa, la financiación y el blindaje ideológico. Ese bloque, no Europa en abstracto, es el verdadero blanco conceptual del discurso de Karaganov.

Y ahí entra otro punto interesante que es su distinción entre el sur de Europa y el resto. España, Italia, Grecia y quizá alguna parte de Europa central aparecen en su lectura como sociedades todavía recuperables, menos disciplinadas por el atlantismo puro, con más memoria mediterránea, más tradición católica, más vínculos complejos con Rusia y menor hostilidad existencial. No importa ahora si esa lectura es del todo objetiva, lo importante es que existe y que no es meramente cultural, también es estratégica. Rusia debe dividir Europa, separar al sur del bloque nórdico-atlántico, romper la cohesión interna de la Unión Europea y de la OTAN. Aislar al núcleo más agresivo, esa es la política implícita.

La lógica preventiva entonces se completa de la siguiente manera, Europa se rearma, Alemania vuelve a transformarse en una potencia militar-industrial, el norte europeo se convierte en primera línea, Ucrania funciona como plataforma de desgaste, Estados Unidos presiona para que Europa pague más mientras mide cuánto quiere comprometerse. Rusia, frente a eso, concluye que esperar puede ser más peligroso que golpear primero, porque en tres, cinco o diez años, según esa lógica, Europa tendrá más drones, más inteligencia artificial, más industria de guerra, más propaganda y sociedades todavía más adoctrinadas. Entonces la decisión, para los sectores duros rusos, ya no es entre guerra y paz, es entre una guerra ahora, todavía contenible, o una guerra después, mucho más costosa.

El problema es que esa lógica puede volverse autocumplida. Si Rusia empieza a hablar seriamente de ataques preventivos, Europa acelera su rearme, o si Europa acelera el rearme, Moscú confirma su lectura de amenaza y si Moscú confirma su lectura, crece la presión por golpear antes. Así el espiral se alimenta solo, ese es el punto verdaderamente explosivo. No hace falta que nadie quiera conscientemente una guerra nuclear para terminar construyendo las condiciones materiales que la vuelvan posible, basta con que todos se armen, todos lean al otro como amenaza existencial y todos empiecen a discutir seriamente el uso preventivo de la fuerza. Todo eso ya está ocurriendo.

Sobre esto aparece la cuestión nuclear europea. El paraguas francés, la posibilidad de despliegues temporales de bombarderos con capacidad nuclear, la discusión sobre autonomía estratégica y la eventual incorporación indirecta de países no nucleares a una arquitectura nuclear continental. Para Rusia eso agrava todo porque una Europa que ya se rearma convencionalmente es una amenaza. Una Europa que además empieza a discutir capacidades nucleares compartidas o semi-compartidas ya se vuelve algo todavía más grave con una amenaza existencial. Ahí la doctrina rusa endurecida desde 2024 y 2025 encuentra su punto de aplicación. Si Ucrania golpea territorio ruso con medios suministrados, guiados o facilitados por potencias nucleares de la OTAN, Moscú puede sostener que ya no enfrenta solo a Kiev, sino a una coalición nuclear respaldando agresiones convencionales. Eso, dentro de la nueva doctrina, habilita respuestas mucho más severas.

Mientras tanto, la guerra de Ucrania se convirtió en un laboratorio de drones, desgaste, guerra industrial e inteligencia artificial, y eso no es un detalle técnico. Para Karaganov, precisamente, el desarrollo de drones, enjambres, saturación, producción rápida y defensa aérea distribuida es una de las razones para actuar antes. Cada año que pasa habrá más enjambres, más autonomía, más inteligencia artificial, más capacidad de atacar ciudades, refinerías, depósitos, aeródromos, puertos, centrales y nodos logísticos. La refinería atacada en Tuapse es una muestra de eso.

Entonces, ¿estamos ante una guerra inevitable? Todavía no. Pero la posibilidad sube hora tras hora. En el fondo, eso es lo que hoy se discute en Rusia y eso es lo que en Occidente muchos no quieren ver o no saben cómo abordar.

La paciencia rusa se agota. Karaganov lo sistematiza, RT lo publica y la discusión está sobre la mesa. No es inmediata la guerra total, pero ya se construyeron casi todos los materiales para que, llegado el momento, la locura tenga con qué operar. Cuando una civilización empieza a organizar su economía, su industria, su infraestructura, su doctrina y su psicología en función de la guerra, conviene dejar de repetir eslogans y empezar a mirar de frente el abismo.

Si el río suena, agua trae. Y en este caso, lo que trae no es precisamente tranquilidad.

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Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos

Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos. Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y la comunidad iberófona.

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