Un espejo deformante – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada
A nadie se le escapa que el meollo del engendro televisivo llamado reality show (programas que documentan la vida de personas anónimas o famosetes grimosos confinados y bajo vigilancia constante) es la exhibición de cochambre moral y espiritual que ofrecen un grupo de homínidos dispuestos al escarnio por alcanzar unas migajas de fama. Conversaciones oligofrénicas, sonrojantes escarceos eróticos, sentimientos de pacotilla y toda una panoplia de sandeces proferidas sin recato componen el argumento del más concurrido fenómeno televisivo de los últimos veinte o treinta años. Hasta entonces, los urdidores de programas exitosos se habían esmerado por idear fórmulas más o menos bizantinas o rocambolescas que entretuviesen a sus audiencias; los creadores del reality show descubrieron que lo que más entretiene es la exhibición, sin disimulos ni ambages, de la degradación humana. Una degradación ubicua, glosada después por una chusma de ‘comentaristas’ igualmente degradados con una ensalada de comentarios mentecatos y chascarrillos plebeyos, más las consabidas entrevistas a los homínidos que acaban de ser descalificados.
A estas alturas ya nadie podrá negar la naturaleza revolucionaria de Gran Hermano y de todos los bodrios nacidos en la estela de su éxito. Por fin se demostró que las masas cretinizadas enganchadas al cloroformo televisivo no anhelan un divertimento, sino un espejo que refrende su degradación y les haga concebir la ilusión de que las vidas ajenas escrutadas por una cámara están aún más degradadas que la suya. Decía Schopenhauer que nada consuela tanto al enfermo postrado en una cama como saber que a su lado hay un moribundo que reclama la extremaunción. Aquella fabulilla inmortalizada por Calderón, en la que un pobre y mísero sabio se sustenta con las hierbas que recoge del campo, antes de comprobar que otro sabio menos afortunado se tiene que conformar con las hierbas que él desecha, nos escamotea una terrible moraleja. Seguramente el sabio recolector, al comprobar que había otro aún más atribulado y menesteroso que él, experimentó una grata sensación de alivio. Nada reconforta tanto a las masas cretinizadas como saber que sus numerosas abyecciones encuentran refrendo en el prójimo. Conocedores de esta sórdida o patética expresión de la solidaridad humana, los artífices de los reality shows han encontrado la manera de rentabilizarlo económicamente. La tierna identificación que se ha producido entre los homínidos que habitan la casa acechada por las cámaras y las masas cretinizadas que consumen el resultado de ese acecho sólo se puede explicar apelando a ese inconfesable consuelo que nos reporta contemplar la condición ajena, aún más lamentable que la propia.
Los urdidores de estas bazofias han mostrado, además, una pericia notabilísima al elegir a los homínidos que pueblan el engendro. Todos ellos son gente zafia, tiradísima, sin asomo de inquietudes intelectuales (el macarra con apenas dos dedos de frente, la choni más basta que un bocadillo de pelos, amén de un nutrido repertorio de putas con afán de medrar en el escalafón). Las pasiones que los mueven siempre son primarias, bajunas, mezquinas y depredadoras; no hay vestigio en sus almas (perdón por la hipérbole) de ninguna de esas prendas que merecen nuestra admiración. Todos ellos son pueriles, lujuriosos, chocarreros, avariciosos, ambiciosillos (pero sus ambiciones son infaliblemente chuscas); a veces se hacen los graciosillos, con esa gracia chusca y sobada que tienen las criaturas inferiores. Sus conversaciones adolecen de ideas (perdón de nuevo por la hipérbole) trilladas, fárragos insufribles, interjecciones bochornosas y una insuficiencia léxica que causa pavor. Son, ante todo, seres aburridísimos de inteligencia cercenada, incapaces de cobijar ningún sentimiento elevado. Son, en fin, pedazos de aburrida carne que se emparejan rutinariamente (aunque nunca se apareen) y nos ofrecen la tediosa mercancía de sus coyundas. Son también pobres diablos que sonríen a la cámara, engolosinados ante la posibilidad de alcanzar una efímera fama que aligere un poco sus existencias lastradas por el tedio.
Por eso las masas cretinizadas disfrutan con los previsibles avatares de su vida enfangada de mediocridad. Ese espectáculo pestilente les evita confrontarse con sus propias pestilencias. Los reality shows les proporcionan un espejo deformante en el que pueden consolarse de la sórdida existencia que les impone el Régimen espiando la vida de otros cuya existencia chapotea desenfadadamente en los cenagales de la degradación, sin remordimiento ni pesadumbre. De este modo, el Régimen logra matar en las masas cretinizadas la aspiración de una vida más noble.

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