
Por Juan Manuel de Prada
En estos días en que los demagogos tratan de convertir el alquiler de una vivienda en la panacea que soluciona los males que afligen a la juventud, he recordado un clarividente artículo de Chesterton, titulado Sexo y propiedad, donde advertía que «el mismo espíritu del mal ha maldecido [estas] dos grandes fuerzas que hacían la poesía de la vida». Dos fuerzas –sexo y propiedad– que son los dos pilares sobre los que se asienta una vida digna y que se hallaron íntimamente vinculadas, «mientras la humanidad fue humana, aunque fuera pagana. Pero el hedor del paganismo decadente no era tan malo como el hedor de la cristiandad decadente».
Ambas fuerzas implicaban, en efecto, la participación de cada persona en un proceso creativo que, incluyéndolas, las trascendía. Pero en medio del «hedor de la cristiandad decadente» ambas han sido furiosamente adulteradas, con un propósito de ingeniería social cuyo horizonte último es lo que C. S. Lewis llamaba «abolición del hombre». Se ha proclamado –volvemos a citar a Chesterton– «una religión erótica que, a la vez, exalta la lujuria y prohíbe la fertilidad»; y, a la vez, se ha impuesto un concepto pervertido de propiedad, que se confunde con «una cosa que es inmediatamente consumida, disfrutada y gastada, algo que proporciona un placer momentáneo y desaparece». Así los dos pilares sobre los que se fundamentaba una vida digna quedan a la vez arruinados; y el hombre queda convertido en un mero consumidor desarraigado y bulímico, que busca satisfacciones inmediatas a sus apetitos y necesidades, a la vez que se resigna a una existencia errabunda, sin casa propia y sin vínculos.
El alquiler, que los demagogos venden a la juventud como una nueva forma de redención, no es sino el equivalente exacto a ese sexo volandero y estéril que se ha entronizado como religión erótica del capitalismo. En una sociedad que no estuviese anegada por el «hedor de la cristiandad decadente», el alquiler sería una realidad residual a la que sólo recurrirían –aparte de los turistas y los forasteros en tránsito– las personas que tienen un trabajo que las obliga a una itinerancia constante. Pues el común de los trabajadores, ligados a un trabajo que los arraiga a su tierra, no desearían alquilar una vivienda, sino gozar con su familia de un hogar propio; pues alquilar una vivienda no es otra cosa sino «consumirla», participar de un placer despojado de toda proyección de futuro. En este sentido, el alquiler ‘indefinido’ (que es lo que los demagogos ofrecen a la juventud a la que dejan sin propiedad) se trata de un caramelito doblemente envenenado; pues a la vez que propone una vida sin arraigo auténtico pretende cronificarla.
El alquiler vacía la propiedad de su carácter sagrado y la degrada a mero consumo fungible; es el hábitat natural que exige la religión erótica entronizada por el capitalismo. ‘Movilidad laboral’, ‘flexibilidad residencial’, ‘economía colaborativa’… todos esos eufemismos aberrantes, en fin, que el capitalismo ha urdido para disfrazar la vida yerma y sin arraigo que ofrece a una juventud cretinizada a la que encima hace creer que le están ofreciendo el paraíso. El alquiler, a la postre, bajo un reclamo de supuesta emancipación, esconde un designio de esterilidad que impide edificar un legado vital. Pues la propiedad, como también señala Chesterton, construye algo permanente: el hombre que posee una huerta no sólo come los frutos de la tierra, sino que también decide quién los heredará. El alquiler impone el ‘turismo vital’ elevado a condición metafísica: el individuo transita por la vida como un huésped eterno en un hotel impersonal. Una vida sin propiedad nunca puede ser auténtica vida comunitaria.
En realidad, el alquiler que los demagogos ofrecen a la juventud cretinizada no es otra cosa sino la oferta de desarraigo estructural indispensable para el engranaje del mercado globalizado: un trabajador sin propiedad es un trabajador sumiso, infinitamente móvil, dispuesto a trasladarse según las necesidades de la oferta laboral. Sentenciaba Chesterton en el artículo mencionado, con lucidísima crudeza, que «el sexo se convertirá para el esclavo en un mero placer, para que nunca pueda convertirse en un poder». Lo mismo ocurre con la vivienda. Al privar a los jóvenes de la propiedad doméstica, se los priva de su ciudadela, de su pequeño reino de resistencia frente al capitalismo. Al final, el joven, atrapado entre el sexo estéril y el alquiler perpetuo, cree ser libre porque cambia a menudo de pareja y de código postal, sin darse cuenta de que ha aceptado la condición más dócil de la servidumbre: la de no dejar ninguna huella sobre la tierra.
Publicado originalmente en XL Semanal










