El mayor villano – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Seguramente la literatura española no abunda en villanos, a diferencia de lo que ocurre en las literaturas anglosajona o francesa. No existe en las letras españolas un monstruo de maldad como Yago o un fanático obsesivo al estilo del inspector Javert; nuestros villanos suelen más bien encarnar pecados humanos muy específicos, desde la codicia y el engaño –Celestina– a la hipocresía y la intolerancia –doña Perfecta–, desde la crueldad y el abuso de poder –el Comendador don Fernán Gómez de Guzmán– a la sensualidad reprimida y el afán de dominio –donFermín de Pas–, pasando por la soberbia o la lujuria (donde contamos con villanos abyectos sin remisión, como don Álvaro de Ataide, y con villanos seductores y redimibles, como don Juan Tenorio). Pero si tuviera que elegir el villano más repelente de nuestra literatura y también el más ilustrativo del trágico ‘mal español’ me quedaría sin duda con el bachiller Sansón Carrasco.

Reparamos, para empezar, en el nombre de este villano, que no parece elegido al azar. Sansón es el epítome de la fuerza bruta y arrogante; pero todavía más significativo resulta su apellido, pues ‘carrasco’ es como se llama al ‘verdugo’ en Portugal (tierra que Cervantes conoció magníficamente, como prueba en el Persiles ). En efecto, Sansón Carrasco es el verdugo del atrevido ímpetu de don Quijote; es el epítome del resentimiento español, que utiliza excusas peregrinas para revolverse contra el prójimo con una vida plena –una vida alentada por una vocación o un ideal–, que percibe como una afrenta y alimenta su deseo de venganza. Después del fracaso de su primer intento por humillar a don Quijote, disfrazado bajo el nombre de ‘Caballero de los Espejos’, Cervantes lo apunta con una fugaz pero indeleble pincelada, cuando Carrasco confiesa rabioso: «Pensar que yo he de volver (a mi casa) hasta haber molido a palos a Don Quijote, es pensar en lo escusado. Y no me llevará ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de la venganza».

Siempre lo ha movido ese deseo, en realidad; Desde su primera aparición, cuando descubre a don Quijote que sus aventuras ya están empresadas y lo incita a salir una tercera vez a los caminos, no por compasión, sino para solazarse orquestando una farsa. Pero será, desde luego, después de ser derrotado por don Quijote y morder el polvo cuando Sansón Carrasco se convierta en el prototipo del resentido hispánico, que guarda su odio como una reliquia en el corazón, mientras don Quijote triunfa en sus famosas aventuras, frente a unos leones atónitos y ante unos Duques socarrones y crueles. Se ha dicho con frecuencia –siguiendo a Juan Valera y Ramiro de Maeztu– que el Quijote es el libro de la decadencia española; pero a mí más bien me parece una lección de energía, de entusiasmo, de fe (que eso, precisamente, es el quijotismo), a la vez que una elegía desgarradora ante los poderes destructores que esa magna empresa se tropieza en su andadura, encarnados en quienes tratan de escarnecer y humillar la figura del Ingenioso Hidalgo. «Bien podrán los encantadores quitarme la ventura. Pero el esfuerzo y el ánimo, eso es imposible», dirá don Quijote cuando se sienta asediado por esos poderes destructores. He aquí el lema del denuedo de un pueblo desventurado y sufridor.

Y, frente a ese pueblo denodado ante la adversidad, encontramos al bachiller Sansón Carrasco, como símbolo de la oposición al quijotismo animoso y esforzado, hasta que consigue descabalgar al español de su sueño. Carrasco nunca perdonó a don Quijote que su vida se guiase por un ideal; por eso le persigue como una sombra a través de su largo caminar por las tierras de España. Su reacción contra esa vida que alza el vuelo es la misma que la del pájaro enjaulado, que se despluma de ira e impotencia, al ver que su compañero de encierro ha logrado escapar. El falso ‘Caballero de la Media Luna’ compendia la pasión más negra y torpe de la vida española; es él quien encarna la decadencia nacional y la mediocridad hispánica, siempre amargada y rencorosa. Al vencer a don Quijote, Sansón Carrasco lo obliga a recluirse en su aldea, donde morirá de melancolía, que es la manera más trágica de morirse que tienen los hombres y los pueblos. Pero, aunque ha derrotado a don Quijote en la playa de Barcelona, ​​no ha derrotado su ideal, pues no ha logrado que reniegue de Dulcinea. No olvidemos esta hermosa lección: el resentimiento podrá descabalgarnos, podrá derrotarnos, podrá recluirnos y hasta matarnos; pero, por mucho que lo intente, nunca podrá matar el ideal, que es eterno. Y, aunque nosotros muramos, otros lo heredarán, con el mismo brío, el mismo entusiasmo, la misma fe, para que rabien y desesperen nuestros verdugos.

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