
Por Juan Manuel de Prada
La muerte de la joven Noelia invita, desde luego, a hacer muchas reflexiones. Resulta demasiado evidente que era una persona despedazada por el sufrimiento; y resulta también demasiado evidente que una persona que ha padecido tantas desgracias seguidas no puede ser enteramente libre. Pero lo cierto es que Noelia no era ninguna excepción, pues todas las personas que recurren a la eutanasia –como, en general, las personas que se suicidan– son personas ofuscadas por el dolor, inducidas por el dolor o siquiera merodeadas por el dolor. Y el dolor siempre envenena y oscurece la razón, desfigurando la libertad humana. Llama la atención que una época tan proclive a juzgar los comportamientos criminales, considerando todo tipo de ‘circunstancias ambientales’ –desde la pobreza hasta el llamado ‘género’– que coartan o desfiguran la libertad, sostenga en cambio que una persona despedazada por el sufrimiento como Noelia decidió libremente que la liquidasen con una inyección. Cuando lo cierto es que no hay ‘circunstancia’ que coarte o desfigure tanto la libertad humana como el dolor.
Ningún dolor, sin embargo, es completamente intolerable cuando quien lo padece tiene una razón para hacerlo. Castellani afirmaba sabiamente que «la cualidad de infinito comunicada al dolor proviene de una disposición de ánimo llamada desesperación»; y, en efecto, es esa desesperación la que mata nuestra voluntad de vivir. Indudablemente, la principal causa de desesperación es la falta de fe en el más allá: para el creyente los padecimientos siempre son insignificantes, comparados con una vida eterna de bienaventuranza; pero si esa vida eterna se ciega, el dolor se vuelve infinito y la existencia se torna un infierno. La razón de fondo por la que cada vez hay más gente que se suicida o solicita la eutanasia en los países ‘avanzados’ es el apagamiento de la fe religiosa, que genera en las gentes desesperación. Aunque nos neguemos a reconocerlo, la desesperación es el gas mefítico que se respira en las sociedades ‘avanzadas’: un gas mefítico que se disfraza de ozono exultante, mientras somos jóvenes y estamos sanos, invitándonos a disfrutar de todos los placeres; pero que nos muestra su verdadera naturaleza ponzoñosa cuando la vejez y la enfermedad nos lanzan su zarpazo.
Pero tal vez la pregunta medular –la pregunta más incómoda también– es si en los países ‘avanzados’ donde crece exponencialmente la querencia suicida se promueve institucionalmente la desesperación. En el caso concreto de la joven Noelia, desde luego, no cabe ninguna duda: su vida no habría sido tan amarga si las instituciones públicas no hubiesen resuelto apartarla de sus padres, para después no ejercer sobre ella la tutela efectiva que estaban obligadas a ejercer, dejando que fuese violada varias veces y que su vida discurrirse por páramos de abandono. Pero la promoción institucional de la desesperación no actúa siempre de forma tan ‘intervencionista’, sino que suele recurrir a métodos más sibilinos; métodos que, en una época tan risueña como la nuestra, se disfrazan con una máscara exultante y ‘empoderadora’. Por ejemplo, favoreciendo formas de vida desvinculada, fomentando el desarraigo, exaltando la ‘autonomía personal’, aplaudiendo las relaciones humanas descomprometidas, fomentando la esterilidad; circunloquios, en fin, de la muerte en vida, que bajo una máscara exultante esconden las serpientes de la angustia y desembocan en la soledad (que es la enfermedad predominante en las sociedades ‘avanzadas’).
Yendo todavía un poco más lejos, podríamos preguntarnos si, una vez promovida la desesperación, las instituciones de los países ‘avanzados’ no facilitan el único remedio que puede ‘curarla’, brindando a quienes la padecen el recurso de la eutanasia. Un poco el estilo de lo que los nazis hicieron en los países eslavos sometidos, instaurando el aborto sin restricciones (que, entretanto, en Alemania estaba prohibido). Los nazis presentaban el aborto a las mujeres eslavas como una ‘libertad reproductiva’, pero en realidad lo habían concebido como una herramienta de exterminio y control racial. Muchas mujeres eslavas, sin embargo, acudían ‘libremente’ y en tropel a abortar, pensando que así se liberaban de una carga indeseable, pero en realidad desesperadas por las condiciones ambientales. Exactamente igual actúan hoy las instituciones en los países ‘avanzados’: se crean las condiciones de desesperación precisas para favorecer la eutanasia y, a continuación, se brinda compasivamente una solución indolora al insoportable dolor de vivir, que además nos venden como un derecho. ¿Qué más se puede pedir?

