
Por Juan Manuel de Prada
El capitalismo –escribió Hilaire Belloc– constituye una calamidad no porque defienda el derecho legal a la propiedad, sino porque representa, por su propia naturaleza, el empleo de ese derecho legal para beneficio de unos pocos privilegiados contra un número mucho mayor de hombres que, aunque supuestamente libres y en igualdad de condiciones, carecen de toda base económica propia». En su obra El Estado Servil, Hilaire Belloc nos descubre que el ideal socialista, en conflicto aparente con el capitalismo (al cual, sin embargo, al mismo tiempo nutre), produce una tercera realidad, que es el Estado Servil. En este Estado Servil, existen dos clases de hombres: una primera clase, económica y políticamente libre, en posesión de los medios de producción; y una segunda, sin libertad económica ni política, a la que se reparten morfinas diversas que les garantizen la satisfacción de ciertas necesidades vitales y un nivel mínimo de bienestar (cuya máxima expresión en nuestra época son lo que nosotros hemos denominado «derechos de bragueta»).
El Estado Servil vuelve a consagrar, bajo otros ropajes más discretos, la institución pagana de la esclavitud, que durante siglos nuestros antepasados dieron por supuesta, convirtiéndola en el eje fundamental en torno al cual giraba la producción de riqueza. Una producción de riqueza que funcionó durante muchos siglos, sin que fuera puesta en entredicho, fundada en el mantenimiento de una pobreza estructural que aseguraba la provisión de esclavos. Pues el sostén de la institución de la esclavitud no fue, como pretenden los historiadores edulcorados, las victorias guerreras sobre pueblos extranjeros (con la consiguiente captura de prisioneros), ni las redadas humanas perpetradas por los piratas, sino la indigencia prevista y calculada, que generaba esclavos y hacía que sus hijos también lo fuesen. Se trata del mismo procedimiento que rige en el Estado Servil, donde se mantiene a una mayoría social en un estado de ‘pobreza controlada’; sólo que el Estado Servil es más generoso en el reparto de morfinas que las sociedades esclavistas.
Para combatir el capitalismo, sólo existen dos métodos: la instauración de la propiedad colectiva de los medios de producción que preconiza el socialismo; o bien, la distribución equitativa y lo más amplia posible de la propiedad, que consigue que el trabajo deje de ser alienante (pues el trabajador, al ser también propietario, recupera el amor por la obra bien hecha). Curiosamente, el capitalismo acaba siempre haciendo concesiones al socialismo, porque sabe que toda reforma con apariencia ‘social’ (reparto de subsidios, etcétera) mantiene una sociedad en que los propietarios continúan siendo pocos y en la que la masa prefiere una mínima seguridad económica a costa de la servidumbre. El segundo modelo, en cambio, es el más denostado por el capitalismo; y sus defensores –los distributistas– son sistemáticamente demonizados tanto por los partidarios del capitalismo como por quienes supuestamente postulan el socialismo, igualmente encargados de pastorear a los pueblos hacia el Estado Servil. Los distributistas, a juicio de Belloc, son los reformadores más prácticos, pues no trabajan con utopías, sino «con realidades conocidas y que tienen por objetivo un régimen social cuyas características de estabilidad y bondad fueron puestas a prueba y comprobadas por la experiencia» en otras épocas. Pero, paradójicamente, son también los menos prácticos en otro sentido, porque proponen la solución más difícil y contraria a las inercias que convienen al capitalismo. El distributista le dice al enfermo que, para recuperar sus miembros atrofiados, ha de sacrificarse y ejecutar disciplinadamente tales o cuales ejercicios; mientras que las medidas ‘sociales’ ponen a disposición del enfermo una silla de ruedas. Además, el socialismo se adapta completamente a la degenerada sociedad capitalista a la que se propone sustituir: habla y piensa con los mismos términos que el capitalismo; cultiva y exacerba los mismos apetitos despertados por el capitalismo; y ridiculiza, calificándolas de anticuadas, aquellas virtudes cristianas «cuya memoria mató el capitalismo en el alma de los hombres».
Así, la aleación de capitalismo y socialismo ha logrado el Estado Servil, en el que una muchedumbre de desposeídos se congratula de su esclavitud mitigada por un estipendio que permite mantenerlos en un estado de ‘pobreza controlada’. Y aplaude agradecida al demagogo que le sube mínimamente el estipendio o le concede la ‘paga extra’ de los derechos de bragueta y otras morfinas de temporada.

