
Por Juan Manuel de Prada
Mientras contemplo a un Messi casi cuarentón que apenas puede correr (pero le basta con caminar para seguir brillando), recuerdo que durante muchos años los forofos españoles disputaron acaloradamente, tratando de dilucidar si Cristiano Ronaldo era mejor que Messi; discusión, en verdad, tan inepta y disparatada como si mañana la gente tratara de dilucidar si los escritores sistémicos encumbrados por Bobelia son mejores que Prada. Cristiano puede competir con Hugo Sánchez o con Quini, tal vez incluso (siendo generosos) con Zarra, en una evaluación sobre goleadores recalcitrantes, romperredes copiosos o como queramos llamarlo. Pero cualquier persona que no padezca distorsiones cognitivas ni esté ofuscada por la rabia descubre de inmediato que Messi pertenece a una estirpe privilegiada en la que Cristiano nunca fue admitido, que es la estirpe de los jugadores con un guante de terciopelo en la bota, con una visión arquitectónica del juego, con una inteligencia felina que les permite urdir en un instante jugadas que anonadan. Cristiano seguramente tenía más potencia que Messi, pero cuando se ponía estupendo resultaba un chupón con recursos, nada más (ni nada menos). Messi jugaba en otra liga distinta; una liga que tampoco es –por cierto– la de Mbappé ni la de toda esa merienda de negros que ha juntado a golpe de billetera Florentino Pérez, en su meritorio esfuerzo por convertir al Real Madrid en un equipo extranjero.
Yo, por españolazo, siempre he sido seguidor del Athletic de Bilbao, que se tiró varias décadas sin alcanzar una final de la Copa, antaño su feudo indisputado. Cuando por fin mi equipo disputó otra final de la Copa, le tocó jugarla con el equipo de Messi, que en un momento dado cogió el balón en el centro del campo y por la banda fue driblando o dejando rezagados a los bilbaínos hasta meter un gol portentoso que me hizo llorar de pena (por mi equipo) y de gratitud (por contemplar tanta belleza). No hace falta militar en el equipo donde juegue Messi, ni siquiera hace falta ser futbolero, para notar cuando vemos a Messi en acción ese cosquilleo que produce la contemplación de la genialidad, que es un don divino. Me parece formidable que los españoles seamos por naturaleza discutidores (siempre que para discutir no embistamos); me parece formidable que no nos pongamos nunca de acuerdo, ni siquiera con nosotros mismos, en las cuestiones que admiten controversia, porque discutirlas es una muestra gozosa de insubordinación a las consignas y las ideas recibidas. Pero discutir las evidencias es un empeño estéril, amén de ridículo; y quienes las discuten son tan sólo gente subalterna, sometida a la propaganda y apacentada por manipuladores. A los periodistas mercenarios que negaban la evidencia al menos los untaban florentinamente; negarla gratis, por ofuscación o cerrilismo, es propio de pobres diablos.

