
Por Juan Manuel de Prada
Al fantoche Trump sus corifeos lo han distinguido (‘risum teneatis’) con el título de ‘nuevo Constantino’; y cuando ha despotricado calumniosamente contra León XIV han llegado a evocar el enfrentamiento de Carlos V y Clemente VII, que se saldó con algo más que palabras. Pero Carlos V luchaba contra el turco, que Clemente VII apoyaba indirectamente, al aliarse con los gabachos; en cambio, el fantoche Trump lucha por Israel y los cristianos le importan un comino, como ha probado entronizando en Siria a un terrorista asesino de cristianos y apoyando incondicionalmente a Netanyahu, que permite ‘razzias’ contra los cristianos en Cisjordania y los bombardea en el Líbano. Más que un nuevo Constantino, el fantoche Trump se nos antoja un nuevo Nemrod, fracasado en sus ambiciones megalómanas.
Su enfrentamiento con León XIV nos ha recordado la vigencia de la doctrina de las dos espadas, que reconoce la supremacía del poder espiritual sobre el temporal. Frente al poder pretendidamente universal de un emperador declinante, se ha vuelto a alzar la autoridad veramente universal del papado, que tiene el derecho de juzgarlo y amonestarlo, por ser depositaria de una ley superior. Durante su destierro en la isla de Santa Elena, un humillado Napoleón refirió a su amigo más fiel, el general Bertrand, cierta conversación mantenida con el Papa Pío VII, a quien había hecho prisionero en Fontainebleau, después de haberle propuesto el día anterior que aceptase una renta anual, renunciando para siempre a los Estados Pontificios. Agobiado por la edad y los disgustos, el Papa sufría el duro cautiverio con resignación martirial, dedicando todo su tiempo a la oración; pero Napoleón entraba cuando le petaba y de improviso en su aposento, sin anunciarse.
—Dispensad, Santísimo Padre –dijo– si os distraigo de vuestras piadosas meditaciones, pero el tiempo urge. Es indispensable que me digáis si aceptáis mi propuesta.
—Lo haría por interés personal –respondió Pío VII–, pero traicionaría mis deberes como Papa.
Napoleón le rogó que no fuese ingrato y que aceptase sus condiciones; pero Pío VII se mostró inquebrantable. Cansado de la fortaleza de espíritu de aquel débil anciano, Napoleón se exasperó:
—¡Basta ya, carcamal! Habéis rechazado mi amistad; pronto sabréis de lo que soy capaz.
—Señor –respondió el anciano Papa–, deposito vuestras amenazas a los pies del Crucifijo y dejo a Dios el cuidado de vengar mi causa, que es la suya.
—¡Vanas quimeras! –se encocoró Napoleón–. Ese Dios cuya causa defendéis es una absurda superchería, una ilusión.
—Callad, señor –lo amonestó el Papa, mirando al cielo–. Dios os escucha.
—¿De veras? ¿Y qué esperáis de esa decrépita divinidad?
—Que sostendrá a la Iglesia y la defenderá hasta la consumación de los siglos.
—¡Magníficas promesas! –exclamó Napoléon, desdeñoso–. Ya lo veremos. Entretanto, sabed que fundaré una religión de Estado que tendrá por jefe, no al Papa, sino al Emperador. La terquedad de un vejestorio que se autotitula Vicario de Dios no podrá conmigo. Moriréis en el cautiverio.
—Tened cuidado, señor –le recomendó el prisionero–. Todos los perseguidores de la Iglesia han sido destruidos y la Iglesia permanece incólume. Estoy preso, pero viviré para ver cómo os aniquila la mano omnipotente de Dios, que protege la Cátedra de San Pedro.
Nunca había oído Napoleón palabras tan osadas. Encendido de coraje, salió del salón diciendo:
—¡Fiad en que vuestro Dios os libre del enojo del César, carcamal!
A la postre, Pío VII regresaría triunfalmente a Roma mientras el imperio napoleónico se desmoronaba. Como luego escribiría Marx, todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces: una vez como tragedia y la otra como farsa. Y doscientos años después de Napoleón aparece el fantoche Trump enfrentado a un Papa, cuando ya el mundo parece haber apostatado de la fe que el Papa encarna, para abrazar un enjambre de ideologías, que a la postre no son sino sucedáneos religiosos. El Papa, entretanto, ha perdido casi por completo su poder temporal; pero, misteriosamente, se demuestra que su magisterio moral permanece incólume y que sigue siendo conciencia del mundo.
En realidad, León XIV no había dicho nada que antes no dijesen León XIII, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII o Juan Pablo II, sin que se produjese enfrentamiento alguno con los gobernantes de turno: reclamar la paz en tiempos de guerra. Resulta paradójico que este enfrentamiento haya ocurrido cuando tanto León XIV como el fantoche Trump parecen encarnar sendas potencias en decadencia: por un lado la Iglesia católica, debilitada por la apostasía; por otro, los Estados Unidos, convertidos en una potencia ancilar del sionismo y del poder financiero (si el pleonasmo es tolerable) y dirigiéndose en barrena hacia su nadir, aunque trate de disimularlo con aspavientos vanos (y casi todos fallidos, de Irán a Groenlandia). Las intemperancias del fantoche Trump no harán sino anticipar ese nadir, pues como nos enseña el caso de Napoleón, Dios protege la Cátedra de Pedro; y como es un Dios que sabe cómo salir de la tumba, devolverá el esplendor a su Iglesia, una vez que haya sido purificada.
«No le tengo miedo a la administración Trump», ha dicho León XIV, en respuesta acaso demasiado seria a las intemperancias del fantoche Trump, que hubiesen merecido más bien un jocoso donaire. En realidad, a León XIV le habría bastado con despacharlo con aquellas dos palabras que el cautivo Pío VII dedicó a Napoleón, su captor, en otra ocasión en que entró de improviso en su aposento, empeñado en forzarlo a firmar un nuevo concordato que subordinara la Iglesia al Estado francés. Primero Napoleón probó un tono seductor y amable, tratando de convencer al Papa de las ventajas de su propuesta mediante halagos y falsas promesas; ante lo cual Pío VII murmuró: «¡Comediante!». Al verse descubierto y rechazado, Napoleón cambió radicalmente su actitud, estallando en una cólera violenta, gritando amenazas y rompiendo porcelanas para intimidar al anciano pontífice; y con la misma serenidad, Pío VII murmuró: «¡Tragediante!». Al fantoche Trump, desde luego, nadie lo gana como comediante y «tragediante», ni siquiera Napoleón; y ahora, después de rabiar contra el Papa, ya sólo resta que nombre secretario de Estado a su caballo (o bien al coche eléctrico que le compró a Elon Musk, si es que todavía no lo ha vendido).

