La guerra cambió de lógica y Occidente sigue peleando la anterior – Por Marcelo Ramírez

Por Marcelo Ramírez

Durante demasiado tiempo se habló de la guerra como si todavía estuviéramos en el mundo donde la superioridad tecnológica resolvía todo, donde un puñado de plataformas de élite, unas cuantas semanas de campaña intensa y mucha propaganda sobre precisión quirúrgica bastaban para quebrar al adversario. Era una fantasía cómoda. Cara, pero cómoda. Sobre todo para quienes hicieron del negocio de la guerra un sistema industrial, presupuestario y político donde cada misil de millones de dólares venía envuelto en un discurso moral y en una rentabilidad bastante menos espiritual.

Lo que estamos viendo ahora es otra cosa. No cambió solo el armamento. Cambió la lógica misma de la guerra. Y ahí está el problema central para Occidente: no es que no tenga armas sofisticadas, las tiene; no es que no tenga doctrina, la tiene; no es que no tenga experiencia, también la tiene. El problema es que buena parte de su estructura sigue pensada para una guerra que ya no es la decisiva. Sigue pensando en campañas breves, demoledoras, con supremacía aérea, con mando y control perfecto, con plataformas complejas, con una entrada inicial aplastante que obligue al otro a rendirse antes de que aparezca el verdadero costo del conflicto. El único inconveniente es que el mundo dejó de comportarse como esperaban los folletos del Pentágono y los powerpoints de la OTAN.

Occidente organizó durante décadas sus fuerzas para guerras de alta intensidad pero temporalmente acotadas. La lógica era simple: golpear primero, mejor y más fuerte; destruir centros críticos; paralizar la cadena de mando del adversario; imponer superioridad aérea; resolver el conflicto antes de que la duración empiece a jugar en contra. Es una doctrina coherente si uno supone que la guerra sigue siendo un sprint y no una maratón. También es una doctrina muy funcional para un complejo militar-industrial que vive de vender sistemas carísimos, sofisticadísimos y de reposición lenta, porque alrededor de cada una de esas plataformas orbitan presupuestos, contratistas, lobbies, carreras políticas, universidades, think tanks y generales reciclados como consultores. Eisenhower había advertido sobre este problema hace décadas. No lo escucharon o, peor aún, sí lo escucharon y decidieron hacer de esa deformación una forma de gobierno.

El modelo occidental puede resumirse en cuatro escalones. El primero es la fe en la campaña breve: velocidad, superioridad, precisión, shock inicial. El segundo es la dependencia de sistemas costosísimos: portaaviones, cazas avanzados, interceptores sofisticados, redes C4ISR, toda esa arquitectura que parece invencible hasta que uno empieza a hacer cuentas. El tercero son los stocks relativamente escasos. Si uno está convencido de que la guerra dura poco, no acumula reservas para meses o años de consumo intensivo. Por eso la propia OTAN empezó a reconocer que muchos de sus países no tienen munición para sostener más que unas pocas semanas, y en algunos casos ni siquiera eso, si la guerra fuera realmente intensa. El cuarto escalón es el económico-político: la guerra occidental no responde solo a una necesidad militar, sino a una lógica industrial y corporativa muy profunda. Se pelea como se pelea también porque hay sectores enteros viviendo de que esa guerra se diseñe así.

Ahora bien, ¿por qué ese modelo entra en crisis? Porque la guerra reciente mostró algo decisivo que muchos no querían ver: atacar puede ser mucho más barato que defenderse. Esa es la tragedia del modelo occidental. Drones relativamente baratos, misiles de costo intermedio, guerra electrónica, saturación, enjambres y automatización obligan muchas veces a responder con interceptores o plataformas infinitamente más costosas. Entonces el problema ya no es solo militar. Pasa a ser económico. Y cuando una doctrina militar empieza a perder la guerra económica por cada lanzamiento, la cuestión deja de ser de prestigio y se convierte en un problema estructural.

Eso es lo que cambia el centro de gravedad de la guerra. Ya no alcanza con tener “el mejor sistema” si ese sistema no puede reponerse a tiempo, si obliga a un gasto defensivo desproporcionado o si puede ser neutralizado por saturación material. Vuelve a aparecer algo mucho más antiguo y mucho menos glamoroso: profundidad industrial, velocidad de reemplazo y tolerancia al desgaste. Dicho de otra manera, la guerra vuelve a parecerse a lo que siempre fue para quienes no podían darse el lujo de pelear como Hollywood: una lucha de resistencia, reposición y supervivencia productiva.

Rusia entendió esto antes que muchos en Occidente quisieran admitirlo. No abandonó los sistemas sofisticados, como les gusta decir a los simplificadores, pero sí se adaptó para combinar artillería, guerra electrónica, drones relativamente baratos y reposición en escala. No busca necesariamente superar a Occidente en cada rubro tecnológico, porque eso sería una forma bastante tonta de pelear contra una estructura que durante décadas acumuló ventajas en determinadas áreas. Lo que busca es otra cosa: volver prohibitivo el costo del sistema de defensa occidental, estirar el conflicto, degradar stocks y erosionar la voluntad política del adversario. Es decir, quebrar no solo el frente militar, sino la paciencia industrial, fiscal y social del otro lado.

Irán representa todavía más claramente esa lógica. Es casi una versión de laboratorio de la guerra de masa precisa, o precise mass, donde sistemas relativamente baratos, suficientemente precisos y desplegados a gran escala logran generar desgaste material, psicológico y presupuestario. No hace falta tener siempre la pieza más refinada si se puede producir en volumen, automatizar navegación, reconocer objetivos y mantener una presión continua. Occidente todavía se asombra de que un dron de bajo costo, mejorado, automatizado y lanzado en cantidad pueda poner en problemas a sistemas muchísimo más sofisticados. Se sigue sorprendiendo porque no termina de aceptar que la precisión dejó de ser monopolio de las plataformas premium. Y cuando eso ocurre, el negocio entero empieza a tambalearse.

El uso masivo de drones de ataque unidireccionales, municiones baratas y sistemas no tripulados relativamente eficaces produce una democratización de la precisión que reduce la ventaja de las potencias que confiaban exclusivamente en armas sofisticadas y caras. Eso obliga a adaptarse. Y adaptarse significa asumir una verdad incómoda: ya no se gana solo por tener lo mejor, sino por poder sostenerlo, reemplazarlo y multiplicarlo. Rusia e Irán no necesitan tener la superioridad tecnológica total. Les alcanza con hacer que el sistema occidental pague demasiado para defenderse. Esa es la clave. No es una guerra de exhibición, sino de contabilidad estratégica. Y cuando una guerra empieza a decidirse también en términos de tasa de reposición, costos marginales y profundidad de inventarios, buena parte del prestigio doctrinario occidental queda bastante menos brillante.

Pero si Rusia e Irán muestran la vanguardia de una guerra de desgaste y costo asimétrico, China sube el problema a otra escala. Porque China no es solo una potencia tecnológica ni solo una potencia de la masa barata. Es algo más complejo y, por eso mismo, más inquietante para Occidente. Es una síntesis de alta tecnología, multidominio, fusión civil-militar, movilización nacional y una capacidad industrial gigantesca. Es decir, no solo puede jugar la carta de la tecnología avanzada: puede además sostener la reposición industrial de una guerra prolongada. Y ahí ya no estamos discutiendo drones más baratos o sistemas más ingeniosos. Estamos discutiendo quién está mejor preparado para la guerra de reemplazo masivo.

La globalización, tan celebrada por los ingenuos y tan instrumentalizada por los cínicos, fue clave para esto. Occidente convirtió a China en la gran plataforma manufacturera del mundo porque le resultaba rentable, barato y cómodo. Después descubrió, con una mezcla de espanto y estupidez, que esa plataforma manufacturera no solo producía heladeras, zapatillas y celulares, sino que además estaba construyendo una base industrial con implicancias militares colosales. Y cuando uno observa la construcción naval, la electrónica, las baterías, los semiconductores, la capacidad de integración logística y la planificación de movilización, entiende por qué la ventaja china no se agota en un laboratorio ni en una startup. Es una ventaja estructural.

Si la guerra del siglo XXI exige reemplazar rápidamente barcos, drones, misiles, sensores y componentes, China parte con una superioridad difícil de igualar. No porque tenga únicamente los mejores cerebros, sino porque tiene escala, integración y planificación. Una guerra larga no la gana necesariamente el que tiene el juguete más refinado el primer día. Puede ganarla el que repone más rápido durante el mes seis, el año dos o la fase donde la euforia inicial ya se transformó en desgaste. Y en esa dimensión China es una amenaza seria para cualquier esquema occidental que haya pensado la guerra como una campaña breve, limpia y presupuestariamente soportable.

India, por su parte, no es una réplica de China ni de Rusia. No encaja del todo en la lógica de la guerra de desgaste al estilo ruso ni en la combinación industrial-tecnológica china. Pero está desarrollando otra variante no occidental igual de relevante: una doctrina adaptativa, conjunta y multidominio, con creciente integración entre dominios militares y no militares. El propio Ministerio de Defensa indio habla de defensa adaptativa y lanzó una doctrina conjunta para operaciones multidominio que combina tierra, mar, aire, espacio, ciber y dominio cognitivo bajo un enfoque de nación en su conjunto. Esto no es un detalle teórico. Muestra otra forma de salir del molde expedicionario occidental clásico.

India no está diciendo simplemente “vamos a copiar a la OTAN con acento local”. Está ensayando otra respuesta. Menos dependencia del paradigma de campañas breves y más énfasis en resiliencia, integración de dominios y preparación para conflictos complejos y prolongados. Eso la coloca dentro de una familia estratégica distinta a la occidental, aunque no idéntica a la rusa o la china. Y esa diferencia importa, porque confirma algo más profundo: la guerra del siglo XXI ya no se organiza alrededor de una sola matriz doctrinaria universal. Occidente dejó de ser el único productor de pensamiento militar relevante. Y cuando eso pasa, el monopolio cultural del vencedor también empieza a debilitarse.

Entonces, ¿qué nos deja este cuadro? Que la guerra contemporánea está dejando atrás la ilusión de que la supremacía tecnológica por sí sola garantiza la victoria. Occidente construyó durante décadas fuerzas optimizadas para campañas breves, costosas y de altísima intensidad, apoyadas en plataformas complejas, stocks ajustados y una base industrial diseñada más para la sofisticación rentable que para la reposición masiva. Frente a eso, Rusia e Irán avanzaron en esquemas de desgaste, asimetría de costos, reposición más barata y presión prolongada. China agrega un factor todavía más decisivo: la profundidad industrial y tecnológica para sostener una guerra de reemplazo. India, por su parte, desarrolla otra variante no occidental basada en adaptación, integración y multidominio.

Lo que emerge de todo esto no es solo una nueva tecnología. Es un nuevo criterio de poder. La pregunta ya no es únicamente quién tiene el arma más sofisticada, sino quién puede resistir, producir, reemplazar y sostener el conflicto durante más tiempo sin quebrarse política, industrial y socialmente. Esa es la verdadera mutación. Y como toda mutación histórica, llega primero como anomalía, luego como advertencia y finalmente como evidencia.

Occidente todavía puede adaptarse, desde luego. Tiene recursos, ciencia, industria y capacidad doctrinaria para hacerlo. Pero para eso debería reconocer que el modelo anterior ya no alcanza. Y ahí aparece el problema mayor: reconocerlo implicaría tocar demasiados intereses. Habría que revisar prioridades industriales, presupuestarias, doctrinarias y corporativas. Habría que admitir que no basta con el brillo tecnológico si la base material no acompaña. Habría que aceptar que un sistema pensado para campañas cortas puede fracasar en guerras largas. Y eso no solo es un problema militar. Es un problema político, económico y cultural.

Porque en el fondo, como casi siempre, la cuestión vuelve al mismo punto: la guerra no la decide solo el ingeniero ni el general. La decide también el tipo de sociedad que existe detrás del uniforme, el tipo de economía que existe detrás del misil y el tipo de Estado que existe detrás del discurso. Y ahí es donde empieza a verse que el problema occidental no es solo de stocks o plataformas. Es de adaptación histórica. Se preparó durante demasiado tiempo para un tipo de guerra que ya no es la única decisiva. Y cuando un sistema tarda demasiado en entender que el campo de batalla cambió, corre el riesgo de descubrirlo del peor modo: perdiendo.

Marcelo Ramírez
Analista geopolítico | AsiaTV – Humo y Espejos

Analista geopolítico, escritor y conferencista argentino especializado en análisis geopolítico y militar, conflictos contemporáneos y dinámica del mundo multipolar. Fundador y director de AsiaTV y creador de la plataforma de análisis estratégico Humo y Espejos. Autor del libro La OTAN contra Rusia. Propaganda y guerra híbrida (Editorial Letras Inquietas, 2022). Cofundador de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI), iniciativa orientada a fortalecer el diálogo estratégico entre el mundo ruso y la comunidad iberófona.

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