Defendiendo causas apestosas – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Decía Simone Weil que la función principal de los partidos políticos es crear entre la multitud «pasiones divergentes» que entrechoquen con un ruido tan infernal que haga imposible escuchar la voz de la justicia y de la verdad. A nadie se le escapa que esta es, en efecto, la función que los partidos políticos desempeñan, creando antagonismos tan viscerales en el seno de la sociedad que cualquier entendimiento se torne por completo imposible. Estos antagonismos o pasiones divergentes de los que habla Simone Weil ni siquiera tienen que sostenerse sobre concepciones o principios antagónicos, sino que se pueden sostener sobre la pura irracionalidad: si el adversario defiende una cosa, nosotros debemos denostarla y defender la contraria; y tal procedimiento se convierte en círculo vicioso que a su vez retroalimenta al adversario. Así, el programa de los partidos políticos deja de ser una exposición de principios (de los que los partidos políticos carecen), para convertirse en una mera retahíla de automatismos que se contraponen al programa del partido político contrario, para excitar entre sus adeptos esas «pasiones divergentes» de las que hablaba Weil.

Sin embargo, no puede negarse que los partidos políticos ‘progresistas’ (o que se presentan ante sus adeptos como tales) ejercen en las democracias actuales una posición de dominio, por la sencilla razón de que el ethos hegemónico de tales democracias se funda en el principio de que la naturaleza humana no es algo estable, sino en constante ‘progreso’. De ahí que los partidos políticos progresistas siempre estén promoviendo nuevos derechos de bragueta que postulan una naturaleza humana en perpetuo estado de turbulencia antropológica. Ante tal estrategia, los partidos conservadores suelen adoptar una posición medrosa, demostrando que carecen de principios; y acaban aceptando de forma más o menos reticente o cascarrabias los nuevos derechos de bragueta que promueven los partidos de izquierda, temiendo que, si se opusieran a su promoción, podrían ser calificados de represores de la libertad humana. Así que, para compensar su falta de principios, los partidos conservadores tienen que exagerar de forma chirriante otros antagonismos con los partidos progresistas, para mantener el embeleco en pie, suscitando ‘pasiones divergentes’ que mantengan enardecidos a sus adeptos. Y en esta exageración de los antagonismos –que no hacen sino encubrir su falta de principios– pueden alcanzar cúspides desquiciadas.

Ocurre así, por ejemplo, cuando sostienen posiciones indefendibles o aberrantes en cuestiones de política internacional. A ninguna persona que no haya renegado del sentido común le pueden parecer aceptables las matanzas indiscriminadas de palestinos ni las ansias expansionistas del ente israelí; tampoco las guerras sin causa legítima que desata Estados Unidos (a menudo, por cierto, para atender las ansias expansionistas del ente israelí). Pero como el partido progresista muestra –siquiera retóricamente– su desagrado ante tales desafueros, los partidos conservadores consideran ineptamente que deben aplaudirlos, para provocar esas ‘pasiones divergentes’ que tapen o siquiera disfracen la falta de principios que los caracteriza. Pero para repudiar una matanza indiscriminada de población civil o una guerra sin causa legítima no hay que ser conservador ni progresista; basta con tener discernimiento. Por lo demás, hasta los relojes parados aciertan diariamente hasta en dos ocasiones la hora exacta; así que los partidos conservadores podrían plantearse que también los progresistas pueden acertar de vez en cuando, aunque sólo sea por casualidad. Sin embargo, prefieren paulovianamente (¿o será que los guía ese «poderoso caballero» al que dedicó Quevedo su célebre letrilla?) llevar la contraria a los progresistas, defendiendo causas cochambrosas y criminales que, además, los obligan a retratarse como apestosos cipayos y felpudos de intereses extranjeros, incurriendo incluso en la indignidad. No dudo que adoptar tales posiciones infumables pueda beneficiarles ante gentes viscerales, enardecidas por las pasiones más cetrinas y los fanatismos más aciagos, que han dejado de escuchar la voz de la justicia y la verdad; pero ante gentes que todavía conservan la ecuanimidad y el discernimiento se vuelven por completo odiosos.

Y habría que preguntarse, incluso, si actuando de modo tan desnortado, los partidos conservadores, aparte de suscitar esas ‘pasiones divergentes’ que disimulan su falta de principios, no estarán en realidad haciendo la campaña electoral gratis a los partidos progresistas. Espero que, al menos, cobren opíparamente por ello.

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