El yugo implacable del destino – Por Juan Manuel de Prada

Por Juan Manuel de Prada

Las imágenes recientes de las urbes francesas arrasadas por el fuego y entregadas al pillaje (patéticamente replicadas en España, con beneplácito gubernativo, como guarnición de los mítines voxeros) nos han sobrecogido. Sin embargo, para quien conserve un ápice de memoria y discernimiento, el estupor cede pronto paso a la convicción de que nos hallamos ante la escenificación de una coreografía largamente ensayada. Lo ocurrido en diversas ciudades europeas no es un fenómeno meteorológico imprevisto, sino la eclosión inevitable de una enfermedad pacientemente cultivada durante décadas de declive y abdicación colectiva.

Conviene, en primer lugar, desbrozar la hojarasca de los acontecimientos para entender el mecanismo de la tramoya. ¿Qué pasó exactamente para que el corazón podrido del continente volviera a arder con saña? Los estudiantes gabachos convocaron la consabida protesta que la sociedad francesa tiende a contemplar con ternura y benevolencia, como quien contempla un rito iniciático repetido en generación en generación, a modo de ‘performance’ republicana; pero la protesta estudiantil fue pronto fagocitada de manera impúdica por el partido de Mélenchon, un experimentado ‘compañero de viaje’ que sumaba oportunistas profesionales y colectivos variopintos con el petate de sus respectivos agravios, más un ejército de avezados profesionales del desorden. Esta instrumentalización de la rabia callejera también la hemos conocido, en versión menos incendiaria, en España, donde los ‘indignados’, aquel magma caótico que pretendía impugnar el sistema entero, terminó en manos de una panda de aprovechateguis ávidos de poltronas que se pusieron morados, cambiando las asambleas por los ministerios.

Pero los gabachos cuentan con una tradición de ‘gimnasia revolucionaria’ que hacen desfilar de vez en cuando, en recuerdo de la Bastilla y la Comuna. Las manifestaciones estudiantiles, infiltradas por Mélenchon y sus muchachos, se volvieron pronto turbias y venenosas; y entonces hicieron aparición los autodenominados ‘antifas’, antisistemas sistémicos perfectamente coordinados con los ‘casseurs’, esas pandillas salvajes venidas de las periferias más degradadas, franceses de tercera generación orgullosos de su prosapia argelina o negroide, que desdeñan la integración y se burlan de los ‘petits blancs’, a la vez que los intimidan. Juntos y revueltos se lanzaron entonces al vandalismo y el pillaje, en una orgía de violencia nihilista, desprovista de cualquier reivindicación política o social, que divulgada por las televisiones ha acongojado al mundo entero. Por supuesto, este contubernio entre ‘antifas’ y musulmanes que detestan el país que los acoge y subsidia sería enseguida aplaudido, o siquiera ‘comprendido’ por una caterva de currinches, eruditos a la violeta y gurús ‘progresistas’ que justifican la violencia siempre que proceda de sus propias trincheras ideológicas, o de los ríos revueltos que les garantizan una pesca copiosa. Resulta, en este sentido, muy instructivo identificar a los plumíferos y charlatanes que en España han presentado las revueltas gabachas como acciones legítimas, considerando que la violencia es plenamente aceptable si la ‘gente’ está iracunda; son los mismos que unos pocos días antes aplaudían al doctor Sánchez cuando señalaba que «los intereses de la gente de a pie son pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos».

Por supuesto, existen quejas subyacentes en las revueltas gabachas: la desigualdad flagrante, el colapso del sistema educativo, el deterioro rampante de los servicios públicos, los precios disparados de los productos de primera necesidad, el gasto militar desproporcionado para alimentar lejanas guerras, el coste inasumible de la vivienda, etcétera. Y, sobre todo, unas élites políticas lacayas del reinado plutocrático mundial, que para distraer la atención de sus cambalaches azuzan la demogresca que envilece a los pueblos y los infesta de odios intestinos. Las calamidades que afligen Francia son, poco más o menos, las mismas que afligen España y buena parte de Occidente. Erraríamos, sin embargo, el tiro si redujésemos este drama a una mera cuestión de gestión económica, orden público o políticas de empleo. Estos grandes trastornos sociales tienen siempre, en última instancia, razones de fondo espirituales. Francia, en su rancio delirio ilustrado, pensó –como después Europa entera– que se podría refundar la comunidad política sobre el vacío religioso; o, más exactamente, sobre la creación de un sucedáneo que instaurase el culto idolátrico a diversas abstracciones como la República o la Ciudadanía.

Pero no puede existir una auténtica comunidad política sin un ‘ethos’ religioso compartido. A las sociedades que pretenden asentarse sobre el ‘patchwork’ multicultural les aguarda un destino inexorable que un personaje de ‘La taberna errante’ resumía en cuatro estaciones trágicas: «Victoria sobre los bárbaros. Empleo de los bárbaros. Alianza con los bárbaros. Conquista por los bárbaros». Esta cita chestertoniana cobra hoy un sentido pavoroso. Primero se vence a los bárbaros en las fronteras de la civilización; luego, ante la molicie y la falta de brazos dispuestos al esfuerzo, se les emplea como mano de obra barata; más tarde, cuando su número y su fuerza social se tornan decisivos, las élites izquierdistas firman alianzas políticas con ellos para alcanzar o mantener el poder; y, finalmente, asistimos a la apoteosis de vandalismo que protagonizan los ‘casseurs’ de las periferias.

Esta verdad incontrovertible, probada mil veces a lo largo de la Historia, es la que niegan hoy los líderes y lideresas del pudridero europeo. Pretenden fundar sociedades inviables donde el batiburrillo religioso acabe colapsando en una suerte de paganismo fofo y materialista, donde cada uno se lo monte como pueda y todos adoren fervientemente el dogma de la Democracia, la República, la Constitución y el sursuncorda europeísta. Pero la democracia, ese curioso abuso de la estadística, no es una religión, sino un vacío religioso. Y además, a diferencia de la religión, que funde y vincula estrechamente a los pueblos, divide a las comunidades en facciones y banderías, las enfrenta y las encizaña con falsos reclamos ideológicos, para después envilecerlas de un descontento y un malestar crecientes que se expresan de las formas más variopintas, desde la flojera y la pesadumbre íntima de vivir hasta el vandalismo callejero más atroz.

Es la tragedia descarnada de naciones que entregaron su primogenitura por un plato de lentejas. Como recordaba con su lucidez ácida Enrique Jardiel Poncela: «Europa, al sacudirse el suave yugo del Espíritu, ha caído bajo el yugo implacable del Destino».

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