Fútbol femenino y campañas ideológicas tóxicas – Por Juan Manuel de Prada

Fútbol femenino
Por Juan Manuel de Prada

No deshonraremos nuestra prosa escribiendo sobre el beso que ha tenido a los españoles hozando en la pocilga durante todo el verano. Cuando se consigue modelar una piara sinceramente convencida de que los políticos no pueden impedir que se dispare el precio del aceite de oliva pero, en cambio, pueden impedir el apócrifo ‘cambio climático’ (con medidas que, además, sólo sirven para que se dispare el precio del aceite de oliva), se la puede camelar con cualquier distorsión cognitiva demencial. Incluso convirtiendo una muestra espontánea de afecto (muy burda y deshonesta, desde luego), ofrecida en un clima de celebración y euforia, en el más vitando crimen sexual.

A mí el fútbol me aburre horrores; pero, desde luego, fútbol femenino se me antoja un oxímoron semejante a cocina finlandesa. Lo mismo le sucedía a la poeta y deportista Ana María Martínez Sagi (1907-2000), pionera del feminismo y primera mujer directiva del Fútbol Club Barcelona (y de cualquier otro equipo del mundo), quien dedicó sus esfuerzos a evitar que las mujeres se dedicasen a una práctica que exige una constitución física contraria a la del cuerpo femenino (como la gimnasia rítmica exige una constitución física contraria a la del cuerpo masculino). En ‘El derecho a soñar’, la ciclópea biografía que he dedicado a Martínez Sagi, expongo las razones de su aversión al llamado «fútbol femenino». Pero, como dijo Azaña, en España el mejor modo de guardar un secreto consiste en publicarlo en un libro; y hoy son muchos los artículos divulgativos sobre el llamado «fútbol femenino» que presentan a Martínez Sagi… ¡como una de sus promotoras pioneras!

Para Martínez Sagi, el llamado «fútbol femenino» es un «espectáculo bufo»; y las mujeres que lo practican una «pandilla de simples que hacen reír a la gente sensata», por la sencilla razón de que la potencia física masculina es ingrediente constitutivo del fútbol; y, faltando esa potencia, el fútbol se convierte –lo mismo que el rugby o el boxeo– en pachanga grotesca que sólo se puede aplaudir con sorna o con condescendencia. Martínez Sagi considera «deplorable que, por la ignorancia y el poco sentido común de unas pocas, salgamos perjudicadas la mayoría»; pues entiende que, jugando al fútbol, las mujeres no hacen sino servir de escarnio a los hombres más socarrones, de excitación a los más lúbricos y de negocio a los más inescrupulosos. Hoy esta predicción de Martínez Sagi se ha hecho realidad por partida doble. Pues, en efecto, hay quienes hacen negocio con este espectáculo bufo, como antaño lo hacían con el bombero torero. Y, sobre todo, hay una casta política infinitamente más pérfida que utiliza a la «pandilla de simples» que lo practican para sus campañas ideológicas tóxicas, que les aseguran seguir chupando del bote. Pero quienes hoy promueven el llamado «fútbol femenino» serán mañana sus enterradores, dando entrada expedita al sopicaldo penevulvar. No hay mal que por bien no venga.

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