La humillación de Mondino y Milei ante China es la comidilla del mundo de la geopolítica – Por Marcelo Ramírez

Por Marcelo Ramírez

El mundo no para de reproducir nuevos viejos conflictos. A la cuestión de Ucrania y Medio Oriente, con Gaza y el Mar Rojo a la cabeza, parece encaminarse hacia un nuevo choque, esta vez en Taiwán.

En la isla rebelde que enfrenta a China con el apoyo de los Estados Unidos, estamos presenciando un giro preocupante de los acontecimientos.

En primer lugar, vamos a establecer un marco analítico importante para comprender las razones en juego. Taiwán nunca ha sido un país independiente hasta que Chang Kai Shek, el líder nacionalista chino que luchaba con Mao Zedong, fue derrotado y buscó refugio en una isla enfrente de la provincia de Fujien.

Esa isla se transformó en la resistencia contra el comunismo que se expandía por Asia Oriental en la postguerra.

Por supuesto, es imposible considerar seriamente a una isla con poco menos de 24 millones de habitantes, como un gobierno legítimo representante de China, cuando la parte continental cuenta con 1.400 millones.

La solución de Occidente fue buscar la independencia y plantar un país hostil desde donde fortalecer un arco de contención a China, y al socialismo, de paso en Asia Oriental. La insostenible idea fue perdiendo gradualmente espacio y Kissinger ideó una fórmula muy ventajosa. Reconocer a China como única nación a cambio de su distanciamiento con la URSS.

Sobre esas bases, delineadas en muy grandes rasgos, hemos llegado hasta hoy, donde desaparecida la URSS y con una China que ha superado largamente a Taiwán en desarrollo, la idea de una sola China al comando de Beijing se hace impostergable.

Estados Unidos una vez más ha cambiado su postura, China se ha transformado en un rival estratégico y su contención vuelve a ser prioridad, pero los tiempos han cambiado.

El PCCh en el poder ha conseguido hacer de su país la primera economía medida por paridad de poder adquisitivo (PPA) del mundo, ha cerrado sus conflictos internos, como Hong Kong, Macao, Tíbet y Xinjiang, mientras cada día se afirma más en una solución favorable en las disputas en el Mar de China. Taiwán es una rémora del pasado de oprobio que confirmó con las Guerras del Opio y las terribles consecuencias. Ese Siglo de la Humillación definitivamente ha quedado atrás y China ahora va por su consolidación como potencia desafiante al statu quo occidental predominante en los últimos siglos.

Taiwán es el último escollo a vencer si quiere Beijing ser considerada como una superpotencia a respetar.

China, si bien es un país eminentemente comercial por su historia y no una potencia militar expansiva, necesita garantizar la seguridad de sus inversiones y sus rutas comerciales, hoy hostilizadas por Occidente. Difícilmente pueda conseguir ese respeto si no consigue unificar su territorio y debe soportar a una potencia extranjera imponiendo sus reglas sobre una isla díscola.

La situación hoy en Taiwán muestra un electorado dividido en tres facciones, que impiden que cualquiera de ellas por separado pueda imponerse y gobernar en soledad. Los recientes resultados son la victoria de Lai Ching-te, también conocido como William Lai, una figura clave en el gobernante Partido Democrático Progresista (PDP), y vicepresidente de la actual presidente Tsai Ing Wen.

El PDP es un viejo desprendimiento del Kuomintang, que ha adoptado los puntos de vista occidentales, entre ellos la visión de la democracia y libertad, haciendo señales favorables a las cuestiones de género. La occidentalización del PDP viene de la mano de declarar la independencia de Taiwán, algo que es una línea roja de la China continental.

El KMT y el Partido Popular de Taiwán (PPT), del médico Ko Wen-je, quien alcanzó la alcaldía de Taipei, la capital, son contrarios a la independencia.

La posición de Ko y de Hou Yu-ih, del KMT, es coincidente en el sentido de negociar cuotas de autonomía, pero no independizarse de China. Para ambos partidos, por distintas razones, sigue vigente la política de una sola China.

Por ese motivo, podemos observar que Chen Binhua, portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán del Consejo de Estado, dijo que los resultados revelan que el Partido Democrático Progresista no puede representar a la opinión pública mayoritaria de la isla. Cerca del 60 % se han pronunciado contra la independencia, mientras solo el 40 % restante están a favor del partido independentista, y no todos en ese porcentaje están de acuerdo con la independencia. Algo que además muestra una caída importante del 57 % que obtuvo el partido ganador en las últimas elecciones.

No está claro que hará Lai Ching-te, puesto que hasta ahora su partido no ha dado el paso de declarar la independencia. En caso de hacerlo, podemos esperar que se precipiten los hechos, aun con la posibilidad de que China decida tomar la isla.

Si bien no hay consenso en Taiwán sobre el tema ni en el partido gobernante, se teme que el gobierno de Biden redoble la presión en ese sentido. 

Una delegación de Estados Unidos compuesta por ex altos funcionarios se apresta a viajar a Taipéi, en una señal que Beijing ve con suma preocupación. En este punto podemos recordar que esta crisis se aceleró desde la llegada de Nancy Pelosi a la isla, causando el repudio y una visible tensión con China.

La situación hasta el momento permanece estable dentro del habitual estado de tensión, pero hay ansiedad por ver los pasos de Lai Ching-te, a quien China ha calificado como un alborotador en agosto del año pasado. Las manifestaciones hasta el momento de China han sido coincidentes en dejar en claro que no hay cambios en los puntos principales a contemplar, que tienen que ver con que hay una sola China y Taiwán es parte de su territorio.

Este cuadro nos sirve de referencia para comprender la magnitud del error político que ha cometido la Argentina en manos de la Canciller Diana Mondino. La idea de considerar a Taiwán como un Estado independiente y recibir a la representante de la isla resultó intolerable para China. Beijing ya venía manifestando su preocupación por las declaraciones de Milei y sus colaboradores sobre la no negociación con comunistas y las acusaciones de dictador sobre Xi.

Las declaraciones previas de los funcionarios chinos eran de esperar que las desafortunadas palabras de Milei y los suyos sean simplemente exabruptos de campaña, pero una vez en funciones se produzca un baño de realidad.

Esto no sucedió y Mondino echó leña al fuego con sus encuentros y desplantes hacia China. Una situación que se confirmó con la negativa a pertenecer a los BRICS.

La tensión se tradujo en la cuestión del congelamiento del swap y en las versiones posteriores de que China iba a reclamar el reintegro de los tramos usados junto a los intereses correspondientes, amenazando con bloquear los pagos a los exportadores argentinos.

La presión fue demasiado y la Canciller Mondino finalmente cedió en sus posiciones y se mostró con el embajador chino, señalando que todo fue fruto de un malentendido. Argentina se compromete a trabajar con China amistosamente, a seguir presente en la Nueva Ruta de la Seda y ratifica que solo hay una China.

Una rendición en toda la regla.

Solo queda por verse si la retractación alcanzará a la cuestión de los BRICS, algo que la vocera de la cancillería china Mao ya había señalado como un error. 

El trasfondo de esta situación deja en claro una conclusión, China es una potencia ya consolidada que comienza a extender sus brazos y la Argentina ha experimentado en carne propia el peso de Beijing.

Si Buenos Aires intentaba usar el dinero chino para pagar al FMI y estabilizar su economía, y mientras hacía eso jugar desenfadadamente con los Estados Unidos, debió reconocer que la sobreactuación no dio sus frutos.

La humillación de Mondino, y en consecuencia, del gobierno de Milei, es la comidilla del mundo de la geopolítica. La improvisación y la ignorancia quedaron plasmados en una política absurda que obligó a pedir disculpas.

Un retroceso histórico porque la rebeldía duró apenas unos días y le sirvió a China para dar un mensaje al mundo. Hoy China es un jugador de primer nivel en la arena internacional, no se limita solo a una potencia económica y financiera dócil, sino una potencia que comienza a influir en las cuestiones políticas internas de otros países en regiones tan lejanas como Sudamérica. 

Milei y Mondino, si han tratado de quedar bien con Washington, no han sopesado correctamente la situación ni han comprendido la cuestión internacional. Con su actitud confrontativa y su posterior retroceso humillante, solo han dejado en claro un mensaje: no solo hoy se debe tener en cuenta a los Estados Unidos en cuestiones internas, la opinión de Beijing también es un factor de peso.

El gobierno de Milei corría riesgo de desabarrancarse si no conseguía que China mantuviera las compras en el país, porque Beijing no exclusivamente sancionaba financieramente y congelaba inversiones, sino que ya comenzaba a dar señales de redirigir sus compras de carne, soja y maíz hacia otros países en lugar de la Argentina.

Hoy ha quedado en claro dos cosas, una es que China tiene una capacidad que rivaliza con los Estados Unidos en cuanto a la posibilidad de incidir en terceros países. Esto es una mala noticia para Washington, que no tardará en ver qué sectores políticos que antes se apoyaban en el país americano para cementar sus carreras políticas, comenzarán a peregrinar a China buscando apoyo. Un cambio fundamental en la política argentina.

El otro asunto a considerar es que ha reaparecido la importancia geopolítica del Cono Sur y de la Argentina.

En el conflicto global entre el mundo multipolar y el hegemonizado por Occidente, el primero han dado una clara señal de que se atreve a disputarle la supremacía a los estadounidenses en su patio trasero.

China no solo ha venido avanzando sobre los intereses de Washington en el Sudeste asiático, Asia Central, luego en Medio Oriente y África. Ahora ha desembarcado en Sudamérica.

Ya no en países pequeños como Cuba o Nicaragua, ni siquiera en la díscola Venezuela. Ahora ha mostrado su peso en el segundo país más importante en la economía regional y en el más influyente en el entorno hispanoparlante americano.

Rusia había ofrecido una ayuda militar impactante que fue desoída por el anterior gobierno, luego vino el affaire de los BRICS con la invitación por encima de decenas de países interesados, con infructuosos resultados.

China decidió que era su turno y jugó sus cartas para frenar la embestida de Milei, y consiguió una victoria impactante que, si la política local sabe leer la realidad, dividirá la influencia de los estadounidenses y abrirá el juego político. 

Este error de Milei y Mondino puede ser un punto de inflexión en la política no solo argentina sino de la región, viendo que es posible salir de la esfera occidental.

Lo más destacable del sainete del gobierno es que con la fallida invitación a los BRICS, con las disputas sobre China y con las cuestiones relativas a Ucrania, Argentina, tal vez sin percibirlo, se ha metido de lleno en la geopolítica actual.

Por primera vez en mucho tiempo, Bs. As. comienza a ser un territorio de disputa entre los grandes poderes mundiales. Por el momento Estados Unidos está ganando la batalla, pero China y Rusia se están perfilando para ser actores influyentes en la realidad política local. Veremos cómo continúa esta historia.

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