Nunca existió en América un «marco colonial» – Por Juan Manuel de Prada

Descolonizando el marco colonial
Por Juan Manuel de Prada

Han causado gran controversia unas declaraciones recientes del ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en las que propone superar el «marco colonial» en el que supuestamente se hallan inmersos los museos españoles. Pero el colonialismo es un fenómeno asociado a la expansión de las potencias industriales europeas (protestantes o protestantizadas) y caracterizado por el expolio indiscriminado de las materias primas y la creación de mercados para sus manufacturas. España sólo participó de este «marco colonial» de forma muy residual en sus posesiones del norte de África, durante la época infausta de la Restauración principalmente y con resultados bastante penosos. Aquella España terminal que asumió patéticamente el modelo rapaz impuesto por sus enemigos (impuesto por quienes la habían desnaturalizado) llevó en el pecado la penitencia.

Pero, evidentemente, el ministro Urtasun no se refería a aquellos episodios infaustos y residuales del norte de África, sino a la labor desarrollada por España en América. Es cierto que Colón había resuelto implantar en el Nuevo Mundo el mismo sistema que los portugueses estaban empleando en África, basado en la colonización en régimen asalariado y en la esclavización de la población nativa. Pero la Reina Isabel impuso la tradición repobladora propia de la Reconquista, pues sabía que los españoles, para acometer con éxito una empresa, necesitaban implicarse vitalmente en ella; y en cuanto supo que Colón había iniciado un tímido comercio de esclavos lo prohibió. Más tarde, en su testamento, Isabel ordenará a su esposo y a sus sucesores que «pongan mucha diligencia, y que no consientan ni den lugar a que los indios reciban agravio alguno ni en su persona ni en sus bienes»; mandato poco congruente con ese «marco colonial» que proclama el ministro Urtasun. Los nativos de las Indias fueron, desde un primer momento, súbditos de la Corona; y los territorios americanos nunca fueron colonias, sino «provincias de ultramar».

Algunos años más tarde, conmovido por las denuncias de fray Bartolomé de las Casas, Carlos I ordenó detener las conquistas en el Nuevo Mundo y convocó en Valladolid una junta de sabios que estableciese el modo más justo de llevarlas a cabo. A esta ‘Controversia de Valladolid’ acudieron los más grandes teólogos y jurisconsultos de la época (Domingo de Soto, Melchor Cano y Juan Ginés de Sepúlveda, entre otros); y de sus discusiones saldrían triunfantes las tesis del gran dominico español, luego absurdamente convertido en icono de la propaganda antiespañola, como si su denuncia de los abusos cometidos en América (hiperbólica en algunos aspectos, veracísima en otros) la hubiese realizado para desdoro de la monarquía hispánica.

No fue Las Casas un teólogo perseguido, ni un peligroso heterodoxo, ni muchísimo menos un agente al servicio de potencias extranjeras, sino un hombre que gozó de la privanza del emperador Carlos, que siempre prestó oídos a sus demandas y que, finalmente, promulgaría las Leyes Nuevas de Indias siguiendo sus consejos. Unas leyes que, como el testamento de la Reina Isabel, no encajan con ese «marco colonial» al que alude el ministro Urtasun.

Por supuesto, en el curso de aquella empresa civilizadora afloraron muchas conductas criminales, dictadas casi siempre por la avaricia, triste consecuencia de la débil naturaleza caída del hombre; pero nunca fueron conductas institucionalizadas, nunca gozaron de un «marco» que las legitimase. Y, allá donde afloraban tales conductas criminales, hubo reyes, obispos y jurisperitos que defendieron a los indígenas. La acción de España en América no puede definirse por los abusos que sus hijos peores perpetraron, sino por los principios que sus mejores hijos sustentaron. Y esos principios –auténtico «marco» de la acción de España en América– se fundaban en una idea muy sencilla y, a la vez, vertiginosa, que era la unidad universal del género humano: Dios había hecho nacer a todos los hombres de una misma pareja y más tarde había querido que su Hijo se ofreciese como víctima propiciatoria por todos los hombres. Mientras España fue fiel a esta idea, nunca existió en América un «marco colonial», sino atropellos particulares que fueron reprimidos por el auténtico «marco español», fundado sobre una fe profunda en la igualdad esencial de los hombres. Nunca hubo nación más reacia que la nuestra a admitir la superioridad de unos pueblos sobre otros o de unas clases sociales sobre otras. Esta fe profunda en la igualdad esencial de los hombres la expresó Cervantes mejor que nadie, cuando pone en boca de Don Quijote aquella célebre frase: «Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro». Para entonces, España era la única nación europea que custodiaba íntegro el concepto escolástico de la unidad universal de todos los hombres. Y lo seguiría custodiando hasta que, colonizada en el siglo XIX por las ideas nefastas de sus enemigos (para entonces ya no sólo externos), doblegó tristemente la testuz.

Cuando esa colonización se produjo afloró esa triste y patológica forma de ser español que el poeta Joaquín Bartrina sintetizó magistralmente en unos versos famosos: «Oyendo hablar a un hombre fácil es / acertar dónde vio la luz del sol: / si habla bien de Inglaterra, será inglés; / si os habla mal de Prusia, es un francés; / y si habla mal de España… es español». Sospecho que el ministro Urtasun se reconoce en esta estirpe colonizada.

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