Partidocracia: nadie se rasga las vestiduras más que cuando gobiernan los contrarios – Por Juan Manuel de Prada

Nadie se rasga las vestiduras
Por Juan Manuel de Prada

En su último aspaviento, después de que el partido de Estado acordara con el errabundo Puigdemont la concesión de competencias en materia inmigratoria, Emiliano García-Page señalaba que si tales concesiones se hubiesen hecho a Vox «todo el mundo se habría rasgado las vestiduras». Se trata de una falacia crasa. Si mañana el partido de Estado necesitase los votos de Vox para gobernar, el doctor Sánchez haría concesiones a Vox igual que ahora se las hace al errabundo Puigdemont; y los votantes del partido de Estado se quedarían igual de contentos. Y lo mismo sucedería si pasado mañana gobernase la derecha felpudo y se viese en el brete de hacer concesiones a partidos de izquierda (todo lo extrema que ustedes deseen) o asumir sus postulados.

De hecho, han sido muchas las ocasiones en que el partido de Estado y y la derecha felpudo han renegado de los supuestos principios que inspiran su potaje ideológico, sin que la inmensa mayoría de sus votantes se haya inmutado. Así ocurrió, por ejemplo, cuando el partido de Estado se hizo otanista furibundo, o más recientemente cuando abandonó a los saharauis en manos de su aniquilador. Y todos sabemos que los votantes de la derecha se han olvidado tan pichis de los niños abortados que antaño tanto les preocupaban.

Y todo esto ocurre porque, como nos explica Simone Weil, los partidos políticos son máquinas confeccionadas para atender intereses particulares (los intereses de quienes los integran y de sus patrocinadores), a la vez que exaltan pasiones sectarias entre sus adeptos; y esas pasiones sectarias pueden ser contradictorias, con tal de que puedan confrontarse con una pasión divergente estimulada desde el partido adverso. Pues lo que importa, en un régimen partitocrático, es que tales pasiones sectarias choquen entre si «con un ruido verdaderamente infernal que hace imposible que se oiga, ni por un segundo, la voz de la justicia y de la verdad». El doctor Sánchez podría ordenar que a los inmigrantes se les despeñe desde la roca Tarpeya, con tal de que enfrente haya un partido que pida que se les ponga mullida alfombra.

El alma de la partitocracia no es otra sino anular y suplantar voluntades, convertir a la gente en zombis fanatizados que comulgan con ruedas de molino y no se rasgan las vestiduras más que cuando gobiernan los contrarios. Y no nos referimos a unos pocos miles de españoles asalariados por tal o cual partido, ni siquiera a unas decenas de miles de afiliados que profesan una adhesión ciega al partido de sus entretelas. Hablamos de decenas de millones de personas fanatizadas, alimentadas por pasiones sectarias, con el juicio por completo obnubilado, que han hallado en las carnazas con las que los partidos en liza las enzarzan entre sí el emblema de su identidad; millones de personas convertidas en masa cretinizada.

Esta es la magia (negra) del sistema de partidos; y sobre esa piedra angular se sostiene el Régimen del 78. Todo lo demás son aspavientos.

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