Clérigos y erotismo – Por Juan Manuel de Prada

Clérigos y erotismo
Por Juan Manuel de Prada

Se ha descubierto que el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, escribió, cuando ya llevaba doce años ordenado sacerdote, un opúsculo que diversos comentaristas no han vacilado en describir como «pornográfico».

¡Albricias!, me dije. ¡Por fin un clérigo que resucita la tradición de la literatura erótica y festiva, en la estela de los goliardos medievales, de Eneas Silvio Piccolomini (luego Pío II), del eximio Rabelais! Pero seguramente las mejores muestras de esta clerical literatura erótica y festiva estén escritas en castellano; de modo que, al enterarme de la noticia, exclamé con hispánico entusiasmo: «¡De casta le viene al galgo!». Una casta gloriosa en la que nos encontramos con el jocundo Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, quien en su ‘Libro de Buen Amor’ evoca las dulzuras de las mujeres chicas («heladas por fuera pero, en amor, ardientes; / en la cama solaz, placenteras, rientes, / en la casa, hacendosas, cuerdas y complacientes»). Y una casta en la que también hallamos a Lope de Vega, Fénix de los Ingenios, quien en el soneto LXIV de sus ‘Rimas’ alcanzó cumbres de insólita osadía, comparando las piernas enfundadas en medias y adornadas de ligas de una dama con columnas de un templo que desearía derribar, para mantener ayuntamiento carnal con ella: «¡Oh, fuera yo Sansón, que os derribara, / porque cayendo vuestro templo, diera / vida a mi muerte, y muerte a mis deseos!». Conviene precisar, sin embargo, que cuando Lope escribe este arrebatado soneto todavía no se ha ordenado sacerdote.

Pero tanto Lope como el Arcipreste eran hombres sanamente constituidos, de sexualidad gozosa y solar. Lo mismo podríamos decir de otros clérigos españoles que dieron lustre a la poesía festiva de nuestro Siglo de Oro, como aquel fray Melchor de la Serna, traductor del ‘Ars Amandi’, quien nos brindó algunas joyas de nuestra poesía erótico-burlesca: «Hallóse allá en la guerra de Granada / Toribio de Quintana, el desposado; / tornó ayer de mañana desgarrado, / sin capa, sin sombrero y sin espada. // Trae la pierna derecha quebrantada, / la izquierda rota, el cuero acribillado, / y de una cuchillada derribado / un hombro y la nariz casi cortada. // Fue en casa de su suegra y acostóse. / Acostado, la esposa sospechaba / que estaban ya sus miembros sin remedio. // Y como vio que el uno se le alzaba / tan sano y sin herida, sonrióse / y dijo: ‘Bien está del mal el medio’».

Con tan ilustres antecedentes, acudimos al libro del bueno de Fernández deseosos de que su obra ‘La pasión mística. Espiritualidad y sensualidad’ devolviera lozanía y lustre a la literatura erótica escrita por clérigos. Pero, ¡oh desilusión!, ¿con qué nos encontramos en este librito? Pues con un lodazal de morbosidades (escritas, además, en una prosa inepta y mazorral), en donde el autor pretende hacer una lectura, ni siquiera erótica o sensual, sino estrictamente genital, de la experiencia mística de diversos santos (entre ellos nuestra pobre Teresa de Ávila, que no le había hecho nada para merecer este baldón), a los que deja pingando de flujos seminales y vaginales. Todo en el libro del cardenal Fernández es turbio, con ese mal gusto plebeyo que los españoles llamamos cutre, chusco o casposo (y los argentinos «berreta» o «grasa»), con páginas que demandan en verdad un diagnóstico clínico en los últimos capítulos del libro, donde hallamos un enjambre de crasos –y muy cochinos– errores teológicos («Dios llega a tocar el centro anímico-corpóreo del placer»; «El placer del orgasmo se convierte en un anticipo de la maravillosa fiesta del amor que es el cielo»), que nos revelan que el bueno de Fernández tiene –o tenía– una formidable empanada mental. Pero todo esto son nonadas, si lo comparamos con el empeño del autor por mezclar obsesivamente sexo y religión en zurriburri, con pasajes en verdad perturbadores, como aquel en el que narra –’horresco referens’– «una experiencia de amor» que le ha contado una «adolescente de 16 años» que acaricia el rostro de Jesús y besa sus labios, para después acariciar y besar también sus piernas. Todo esto nada tiene que ver con el erotismo, ni siquiera con la pornografía: tiene mucho más que ver –sentimos mucho escribirlo– con aquellos clérigos «solicitantes», «alumbrados» y «dejados» que proponían a sus feligresas el amor carnal como medio para alcanzar el éxtasis religioso.

En el librito de marras nos tropezamos, en fin, con lo mismo que Leonardo Castellani se tropezó leyendo a D. H. Lawrence (sólo que el bueno de Fernández tiene peor prosa que Lawrence), «esa aberración que los psiquiatras llaman ‘sentimiento mixto’, colusión barrosa de la religiosidad con el instinto sexual, de la cual están llenos los manicomios y por desgracia anda también suelta bastante. La resurrección de los nefandos ‘misterios’ paganos de que San Agustín y Lactancio hablan con vergüenza y disimulo, la fornicación espiritualizada (‘spíritus fornicatiomis’) de que la Iglesia pide en las letanías mayor resguardo al cielo como del terremoto, la peste y la guerra».

¡Y yo que había pensado que este librito barroso del bueno de Fernández iba a reverdecer los laureles de la literatura erótica y festiva escrita por clérigos! Todo mi gozo metido en un pozo, que es el pozo verdaderamente abismal de la decadencia en que se halla sumida la Iglesia católica. Para darnos cuenta de la magnitud de esa decadencia, basta con que pensemos –escalofría hacerlo– que la dignidad eclesiástica que hoy ocupa el bueno de Fernández la ocupaba hace menos de veinte años Joseph Ratzinger. ‘Corruptio optimi, pessima’.

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